Artículos y ensayos seleccionados por Eugenio D'Medina sobre el pensamiento liberal

Thursday, December 25, 2008

Adam Smith

Nota del editor: Esta semblanza de Adam Smith, publicada en el número 27 de La Ilustración Liberal, en la primavera de 2006, le pertenece al economista español Carlos Rodríguez Braun, divulgador del pensaiento liberal cercano al enfoque de la Escuela Austriaca de Economía, ex director de España Económica y subdirector de Cambio 16 y del programa televisivo El valor del dinero en RTVE. Autor de más de tres mil artículos en la prensa de España, Europa y América. Me interesó esta opinión sobre Smith, de alguien cercano a una escuela de pensamiento que en los últimos años - a diferencia de los austrians de primera y segunda generación como Menger, Mises o Hayek - ha enfilado duras críticas a Smith hasta llegar al (delirante) extremo de identificarlo como pro-socialista (?!). En particular, me interesa resaltar el levantamiento de cargos que Rodríguez Braun hace de la atribuida apología de Smith del egoísmo y de la ausencia de estado para establecer reglas que permitan obtener los beneficios de la economía de mercado.

El filósofo y moralista escocés Adam Smith (1723-1790) es considerado el fundador de la economía y del liberalismo económico. Aunque ambas reivindicaciones son sumamente cuestionables, porque hubo pensamiento económico y liberal desde mucho antes, la convención tiene algún sentido porque la obra de Smith La riqueza de las naciones (1776) fue el punto de partida de la influyente escuela clásica de economía –con figuras como David Ricardo, Thomas Robert Malthus y John Stuart Mill– e incluyó ideas críticas del intervencionismo y defensoras de la libertad de mercado.

Adam Smith nació en Kirkcaldy, cerca de Edimburgo, en enero de 1723. Su padre murió poco antes de nacer él, y Smith, que nunca se casó, vivió siempre con su madre, a la que sobrevivió apenas seis años. Estudió primero en la Universidad de Glasgow y después en Oxford. A comienzos de la década de 1750 es nombrado catedrático de Filosofía Moral en Glasgow, recibe la influencia de la Ilustración escocesa y anuda una gran amistad con David Hume. En 1759 aparece su primer libro: La teoría de los sentimientos morales, a raíz del cual le ofrecen ser tutor del joven duque de Buccleugh; abandona la docencia y emprende con su pupilo un viaje por el continente europeo. De vuelta a casa en 1767, y con una generosa pensión vitalicia que le concedió el duque, dedica los nueve años siguientes a redactar la Riqueza. Dos nombramientos recibiría desde entonces: comisario de Aduanas de Escocia y rector de su alma mater, la Universidad de Glasgow. Adam Smith murió en Edimburgo en julio de 1790.

Nótese que, en una vida relativamente larga y apacible, el escocés publicó muy poco. De hecho, los dos que hemos mencionado fueron sus únicos libros aparecidos mientras vivió. En 1795 sus albaceas publicaron, con su autorización, Ensayos filosóficos, una colección de estudios sobre diversos asuntos relativos a la filosofía de las ciencias y las artes que prueba la amplitud de sus inquietudes intelectuales. Como Smith ordenó la destrucción de sus otros papeles y manuscritos, sus obras se reducen a estos tres títulos, disponibles todos ellos en castellano –Riqueza y Sentimientos morales, en Alianza Editorial, y Ensayos en Ediciones Pirámide–. Mucho tiempo después de su muerte fueron encontrados unos juegos de apuntes tomados por alumnos suyos, sobre filosofía del derecho y sobre retórica y bellas letras. Han sido publicados en inglés, en la cuidada edición de sus obras; y, en el primer caso, existe una traducción española de Lecciones sobre jurisprudencia, en la editorial Comares de Granada.

El principal problema económico para Smith es el crecimiento, y de ahí el título de su segundo libro. Se aparta de las nociones tanto del viejo mercantilismo –que valoraba los metales preciosos, el saldo exportador en el sector exterior y el fomento de determinadas empresas y actividades comerciales e industriales– como de sus contemporáneos los fisiócratas franceses, que circunscribían la productividad exclusivamente al sector agrícola. Para Smith, el fundamento de la riqueza es el trabajo humano en un marco institucional que promueva la propensión de todas las personas a mejorar su propia condición. Sostuvo que la clave de la prosperidad no estribaba en los recursos naturales sino en un contexto propicio, caracterizado por "paz, impuestos moderados y una tolerable administración de justicia".

Sólo en ese restringido marco institucional cabe el establecimiento de lo que llamó "sistema de libertad natural", en el que cada uno persigue su propio interés en un proceso competitivo que, a través de la "mano invisible" del mercado, fomenta la división del trabajo y los intercambios voluntarios y desemboca en un mayor bienestar general, porque en esas condiciones la riqueza se crea y la holgura de unos no equivale a la miseria de otros.

Se trata, por tanto, de algo muy lejano de la caricatura usual de Smith y del liberalismo como partidarios de un "capitalismo salvaje" sin freno alguno a su cruel explotación. El economista escocés defiende precisamente los frenos, y por eso aplaude la competencia y condena severamente a los empresarios que, con toda suerte de excusas, arrancan monopolios, subsidios y protecciones varias del poder político, a expensas del pueblo.

En ningún caso apoyó Adam Smith (ni ningún liberal) un sistema totalmente anárquico, sin leyes ni normas. Y en ningún caso creyó que el mercado era perfecto y funcionaba mágica y automáticamente, sin fallos ni interferencias. Con realismo admitió que un comercio plenamente libre era una utopía; sus temores ante los prejuicios e intereses que conspiran contra el mercado libre fueron confirmados a lo largo del tiempo, como se vio con el notable crecimiento del Estado registrado hasta nuestros días, en contraste con la prédica generalizada acerca de los peligros de un supuesto liberalismo hegemónico que no es sino una pura ficción.

Otra caricatura de Adam Smith y del liberalismo es su consideración del ser humano como frío artefacto asignativo, sólo preocupado por egoístas intereses materiales y desprovisto de ética alguna. A quien más sorprendería esto sería al propio Smith, que fue, como hemos dicho, catedrático de Filosofía Moral en la Universidad de Glasgow y cuyo primer libro, que le interesó hasta el fin de sus días, como lo prueban las importantes modificaciones que introdujo en sucesivas ediciones, fue La teoría de los sentimientos morales.

Jamás respaldó Smith el egoísmo y la inmoralidad. Al contrario, subrayó la preocupación de todos los seres humanos por la suerte del prójimo, y explicó cómo ese proceso de "simpatía" da lugar a principios morales y preceptos legales imprescindibles para la convivencia en paz y libertad. La atención al propio interés no es necesariamente egoísmo, porque es compatible con atender otros intereses, y tampoco es inmoral, puesto que puede cultivarse dentro de límites éticos. La moral, así, opera como freno a nuestra conducta, análogamente a como el mercado limita nuestras aspiraciones y nos fuerza a servir a los demás, a ajustarnos a sus demandas y servirlas si deseamos prosperar.

El pensamiento económico de Adam Smith, por tanto, es muy distinto del que vulgarmente se le supone, y difiere también de la ortodoxia económica ulterior, la teoría neoclásica, porque no enfatiza una asignación de recursos técnica a cargo de un homo economicus abstracto sino las condiciones concretas del crecimiento económico, condiciones históricas, institucionales, imperfectas y constreñidas por pautas morales y jurídicas.

Como sucede con varios de los demás integrantes de la Escuela Escocesa de Filosofía Moral –David Hume, Francis Hutcheson, Adam Ferguson y otros–, Adam Smith tiene una visión interesante para una época en la que supuestamente se idolatró la razón y se arbitraron mecanismos y doctrinas sobre un profundo cambio social. Los escoceses eran notablemente cautos al respecto. No tenían en muy alta estima las capacidades de nuestra razón a la hora de organizar la sociedad: Ferguson afirmó que las instituciones humanas brotaban más de la acción de las personas que de su designio preconcebido, y Adam Smith censuró en La teoría de los sentimientos morales a los arrogantes intelectuales que fantaseaban con que la sociedad era muy sencilla y con que se podía disponer de las personas como quien despliega las piezas en un tablero de ajedrez. En su libro sobre economía también desconfió de los políticos que pretenden actuar en pro del bienestar general: el escocés no pensaba que solían hacerlo, y se fijó más en las aportaciones de las personas corrientes, que con su trabajo silencioso y anónimo eran la genuina fuente de La riqueza de las naciones.

La atención a la gente común se observa también en el criterio que desde Smith emplearán los economistas para medir el desarrollo de un país: ya no será nunca más la opulencia de los príncipes o grandes potentados, sino la de los ciudadanos, cuyos intereses en tanto que consumidores era menester proteger de las usurpaciones de sus mandatarios, y de las de los grupos de presión de productores y comerciantes que medraban a su socaire, consiguiendo prerrogativas para limitar la libre competencia.

Aunque numerosos partidarios del capitalismo y el mercado lo esgrimen desde hace mucho tiempo en su apoyo, el liberalismo de Smith fue matizado, tanto que algunos liberales de nuestro tiempo, en particular miembros de la Escuela Austriaca de Economía, lo han acusado directamente de intervencionista. Y no les falta razón, puesto que Smith, aparte de defender una teoría objetiva del valor, fue capaz de admitir, como ya denunció en 1927 el destacado economista de Chicago Jacob Viner, un amplio abanico de intervenciones del Estado en la economía, incluso algunas de honda raigambre mercantilista, como las Leyes de la Usura, que fijaban los tipos de interés, y las Leyes de Navegación, que protegían a los barcos británicos de la competencia extranjera. No puede olvidarse, sin embargo, que los autores no suelen vivir en burbujas, y que su pensamiento debe por tanto ponderarse a la luz del de sus contemporáneos y predecesores. Y en ese caso el liberalismo de Smith y sus sucesores parece más articulado y sólido que el de buena parte de los economistas anteriores.

A lo largo del siglo XX se registró una creciente insatisfacción por los horizontes demasiado estrechos de la llamada "economía neoclásica", y parte de la reacción que eso produjo comportó una vuelta a Smith y a los clásicos. Así sucedió con la teoría del crecimiento económico y con otros aspectos micro y macroeconónicos donde el papel de las instituciones, como había intuido Smith, tenía interés y relevancia. También ejerció un impacto, como cabía esperar, la práctica social y política, puesto que el final de dicho siglo vio caer el comunismo, con lo que pudo comprobarse que, siendo el liberalismo un sistema claramente imperfecto, el intento de sustituirlo por el socialismo real había sido una catástrofe.

Que la crisis del comunismo –o, a otra escala, el abanico de deficiencias del Estado del Bienestar­– haya impulsado la relectura de Adam Smith y otros liberales más o menos radicales es algo que no debería sorprender.

Monday, October 27, 2008

Cabezas de comando

Nota del editor: Estos son fragmentos traducidos (no por mi) del libro de Daniel Yerguin y Joseph Stalislaw. The Commanding Heights: The Battle for the World Economy. Simon & Schuster. New York. 1998. Los encontre muy ilustrativos especialmente en estas épocas de crisis financiera.

Introducción

Ahora los socialistas de todo el mundo están abrazando el capitalismo, los gobiernos están vendiendo las compañías que habían nacionalizado anteriormente y tratando de atraer a las transnacionales que habían expulsado veinte años antes. El marxismo y el control estatal están siendo lanzados por la borda a favor del espíritu de empresa; el número de las bolsas de valores está creciendo vertiginosamente y los administradores de fondos mutuales se han convertido en verdaderas celebridades.

En la actualidad, los políticos de la izquierda admiten que sus gobiernos ya no pueden pagar el expansivo estado del bienestar social y los "liberales" americanos reconocen que más gobierno pudiera no ser la solución de todos los problemas. Muchas personas se están viendo obligadas a reexaminar y reevaluar los presupuestos básicos de su manera de pensar. Estos cambios están abriendo nuevas perspectivas y nuevas oportunidades en todo el mundo. Pero, para muchos, el cambio también está generando nuevas tensiones e inseguridades. Temen que el gobierno ya no vaya a estar ahí para protegerlos en la medida en que se imbrica cada vez más en una economía global que ignora las fronteras nacionales.

Y expresan inquietud sobre el precio que los mercados exigen de sus participantes. Las crisis y las turbulencias en los mercados internacionales de capital, como las que estremecieron América Latina en 1995 y el Sudeste de Asia en 1997, convierten esas inquietudes en cuestiones fundamentales sobre el peligro e inclusive la legitimidad de los mercados. Pero todos estos puntos de vista necesitan ser puestos en su contexto.

¿Por qué el cambio?
¿Por qué ese desplazamiento al mercado? ¿Por qué y cómo se había efectuado ese cambio de una época en la que el "estado" - los gobiernos nacionales - buscaban capturar y ejercer control sobre sus economías a una época en las que las ideas de la competencia, la apertura, la privatización y la desregulación habían conquistado el pensamiento económico mundial? Estas preguntas, a su vez, generan otras. ¿Son estos cambios irreversibles? ¿Forman parte de un continuo proceso de desarrollo y evolución? ¿Cuáles será las consecuencias y las perspectivas -políticas, económicas y sociales- de esta alteración fundamental en las relaciones entre el gobierno y el mercado? Estas son las preguntas básicas que este libro pretende responder.

La frontera dónde deba fijarse la frontera entre el estado y el mercado nunca ha sido un asunto que pueda resolverse, de una vez por todas, en alguna conferencia de paz. En vez de eso, en el curso de este siglo, ha sido el objeto de enormes batallas intelectuales y políticas así como de constantes escaramuzas. En su conjunto, esta lucha constituye uno de los mayores y decisivos dramas del siglo XX. Hoy el choque es tan importante y tan amplio que está rehaciendo nuestro mundo, y preparando el terreno para el siglo XXI.

La frontera no define los límites entre naciones sino la división de papeles dentro de ellas. ¿Cuál es la responsabilidad del estado en la economía, y qué tipo de protección debe de garantizar a sus ciudadanos? ¿Cuál es el ámbito de la decisión privada, y cuáles son las responsabilidades del individuo? Esta frontera no es clara ni está bien definida. Está cambiando constantemente y es con frecuencia ambigua. Con todo, durante la mayor parte del siglo, el estado ha estado en ascenso, extendiendo su dominio más y más en lo que había sido el territorio del mercado. Sus victorias fueron impulsadas por revoluciones y dos guerras mundiales, por la Gran Depresión, por la ambición de políticos y gobiernos. En las democracias industriales también fue impulsada por la demanda popular de una mayor seguridad y en los países en desarrollo por la búsqueda progreso y de la mejoría en las condiciones de vida - y también por la búsqueda de justicia. Detrás de todo esto, estaba la convicción de que los mercados implicaban excesos, de que podían fallar fácilmente, de que había muchas necesidades y servicios que no podían proporcionar, que los riesgos y el costo humano y social eran demasiado altos y la posibilidad de abuso demasiado grande. Tras las traumáticas alteraciones de la primera mitad del siglo XX, los gobiernos ampliaron sus responsabilidades y obligaciones con sus pueblos y añadieron otras nuevas. "El conocimiento del gobierno," la inteligencia colectiva de los expertos gubernamentales en el centro, fue considerada como superior "al conocimiento del mercado" - la dispersa inteligencia de los consumidores en el mercado y de los que toman decisiones particulares.

En el extremo, la Unión Soviética, la República Popular de China y otros estados comunistas buscaban suprimir completamente la inteligencia del mercado y de la propiedad privada y sustituirlas con la planificación central y la propiedad estatal. Los gobiernos serían omniscientes. En muchos países industrializados de Occidente y en gran parte del mundo en desarrollo, el modelo era la "economía mixta", en la que los gobiernos usaban el saber de sus expertos y jugaban un papel dominante aunque sin asfixiar completamente el mecanismo del mercado. Reconstruían, modernizaban e impulsaban el crecimiento económico; garantizarían equidad, oportunidad y una vida decente. Para conseguirlo, los gobiernos de muchos países buscaban capturar y mantener el control de sus economías - "los puestos de mando."

El término tiene más de tres cuartos de siglo. En noviembre de 1922, cinco años después de llevar a s bolcheviques a la victoria, el enfermo Vladimir Ilich Lenin subió a la plataforma del Cuarto Congreso de la Internacional Comunista en San Peterburgo, por entonces Petrogrado. Fue su penúltima aparición en público. El año anterior, entre medio del caos económico y llevado por la desesperación, Lenin había iniciado la Nueva Política Económica, permitiendo la reanudación del pequeño comercio y la agricultura privada. Ahora, los comunistas militantes lo estaban acusando de buscar compromisos con el capitalismo y por vender la revolución. Respondiendo con su habitual acritud y sarcasmo, pese a su debilitamiento físico, Lenin defendió el programa. Aunque la política permitía el funcionamiento de los mercados, dijo, el estado controlaría "los puestos de mando" , los elementos más importantes de la economía. Y eso, le aseguró Lenin a los que dudaban de él, era lo que importaba. Todo esto fue antes de la colectivización, el estalinismo y la total erradicación de los mercados privados en la Unión Soviética.

La frase llego a Gran Bretaña, vía los fabianos y el Partido Laborista, en los años entre las dos guerras mundiales, luego fue adoptada por Jawaharlal Nehru y el Partido del Congreso en la India, y se difundió a muchas otras partes del mundo. Se utilizara el término o no, el objetivo seguía siendo el mismo: garantizar el control gubernamental de los elementos estratégicos de la economía nacional, sus principales industrias y empresas. En Estados Unidos, el gobierno ejerció su control de las palancas de mando no a través de la propiedad sino más bien a través de la regulación económica, dando origen a un tipo especial norteamericano de capitalismo regulatorio.

En general, el avance del control estatal parecía inexorable. En los primeros años de la postguerra, sólo los gobiernos podían reunir los suficientes recursos como para reconstruir naciones devastadas. Los años 60 parecían probar que ellos podían dirigir sus economías con efectividad. Para principios de los años 70, la economía mixta era prácticamente incontestada en el gobierno seguía expandiéndose. Inclusive en los Estados Unidos, el gobierno republicano de Richard Nixon buscó implementar un masivo programa de detallados controles de precios y salarios.

Con todo, para los años 90, era el gobierno el que estaba retrocediendo. El comunismo no sólo había fallado sino que prácticamente había desaparecido en lo que había sido la Unión Soviética y, al menos como sistema económico, había sido echado de lado en China. En Occidente, los gobiernos estaban desprendiéndose de controles y responsabilidades. En vez de "las insuficiencias del mercado," ahora se hablaba de "las insuficiencias del gobierno" - las dificultades inherentes a estado demasiado amplio y ambicioso y que quiere ser el jugador estelar, en vez del árbitro de la economía. Paul Volcker, que conquistó la inflación como presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, explicó la razón del cambio en términos sencillos: "El gobierno se había vuelto presuntuoso."


La Mayor Venta

Hoy, en respuesta a los altos costos y a la desilusión con su efectividad, los gobiernos están privatizando. Es la mayor venta en la historia del mundo. Los gobiernos están saliendo de los negocios vendiendo billones de dólares en activos. Todo está en venta, desde siderúrgicas, compañías de teléfonos y líneas aéreas hasta hoteles, restaurantes y clubes nocturnos. Está ocurriendo no sólo en la ex Unión Soviética, Europa del Este y China sino también en Europa Occidental, Asia, América Latina y Africa - y en los Estados Unidos, donde los gobiernos locales, estatales y federal están traspasando al mercado muchas de sus actividades tradicionales. En un proceso paralelo que es más estratégicamente importante y menos comprendido, también están desmantelando el aparato regulatorio que ha afectado casi todos los aspectos de la vida cotidiana de Estados Unidos en los últimos 60 años. El objetivo es alejarse del control gubernamental y recurrir a la competencia en el mercado como una forma más eficiente de proteger al público.

Este cambio no significa, de ninguna manera el fin del gobierno. En muchos países, los gobiernos siguen gastando una gran parte del ingreso nacional. En las naciones industriales, la razón es el gasto social. En casi todas partes, el gobierno sigue siendo la solución de última instancia para una serie de demandas sociales. Con todo, el ámbito del gobierno, el espectro de sus deberes en la economía, está en franco retroceso. En todo el mundo, los gobiernos están planificando menos, poseyendo menos y regulando menos, y permitiendo la expansión de las fronteras del mercado.

La retirada del estado de los puestos de mando marca una gran división entre los siglos XX y XXI. Está abriendo las puertas de muchos países anteriormente cerrados al comercio y a la inversión, aumentando enormemente en el proceso el tamaño efectivo del mercado global. Se están creando muchos nuevos empleos. Con todo, son el capital y la tecnología los que, en esta nueva y móvil economía, se desplazan fácilmente por todo el mundo en busca de nuevas oportunidades. El trabajo, que no viaja con tanta facilidad, pudiera quedar atrás. El resultado para los trabajadores es una doble ansiedad: la competencia global y la pérdida de una red de seguridad social.

[...]

El Poder de las Ideas

Subyacente a todo esto ha habido un cambio fundamental en las ideas. En 1936, en las páginas finales de su famosa Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero, el eminente economista británico John Maynard Keynes, escribió que las ideas "son más poderosas de lo que generalmente se entiende. En realidad, el mundo casi no está gobernado por otra cosa. Los locos en el poder, los que escuchan voces en el aire, no hacen sino destilar su frenesí de lo que escribió algún académico años atrás… Tarde o temprano son las ideas, no los intereses creados, las que son peligrosas para bien y para mal".

La dramática redefinición del estado y el mercado en las últimas dos décadas demuestra una vez más la verdad del axioma keynesiano sobre el abrumador poder de las ideas. Ideas y conceptos que estaban decididamente fuera de los criterios establecidos se han desplazado, con bastante rapidez, hacia el centro del escenario y están reconformando las economías de todas partes del mundo. Incluso el mismo Keynes ha sido víctima de su propio frase. Durante el bombardeo de Londres en la II Guerra Mundial, Keynes tomó medidas para que un trasplantado economista austríaco, Friedrich von Hayek, fuera temporalmente alojado en un college de la Universidad de Cambridge. Fue un gesto generoso porque, después de todo, Keynes era el principal economista de su época y Hayek, un oscuro crítico. En los años de la postguerra, las teorías de Keynes sobre la administración gubernamental de la economía parecían inconquistables. Pero cincuenta años más tarde, el que ha sido desechado es Keynes y Hayek, el fiero defensor del mercado libre, es el que ha conquistado la preeminencia. La "nueva economía" keynesiana de Harvard puede haber dominado los gobiernos de Kennedy y Johnson en los años 60, pero es la escuela de mercado libre de la Universidad de Chicago la que es globalmente influyente en los años 90.

Pero si los economistas y otros pensadores son los que tienen las ideas, son los políticos los que las ponen en práctica. Y una de las principales lecciones de este gran cambio es la importancia de los líderes y del liderazgo. Keith Joseph, el auto-titulado "ministro del pensamiento," y su discípula Margaret Thatcher parecían estarse embarcando en un proyecto quijotesco cuando decidieron tratar de transformar la economía mixta de la Gran Bretaña. Pero no sólo triunfaron sino que influyeron en la agenda de buena parte del resto del mundo. Fue un devoto revolucionario, Deng Xiaoping, el que, mientras citaba frases de Marx, presionaba enérgicamente a la mayor economía del mundo para que se desembarazara del comunismo y se integrara a la economía mundial. Y, en Estados Unidos, las victorias de Ronald Reagan obligaron al Partido Demócrata a redefinirse a sí mismo.

El vocabulario de esta marcha hacia el mercado requiere una aclaración. Para los americanos, la batalla global entre el estado y el mercado puede resultar enigmática porque parece plantear "liberalismo" contra "liberalismo". En Estados Unidos, liberalismo significa ser partidario de un gobierno activista, intervencionista que expande su participación y su responsabilidad en la economía. En el resto del mundo, liberalismo significa casi exactamente lo contrario -lo que un liberal americano describiría como conservadurismo. Este tipo de liberalismo es partidario de reducir el papel del estado, garantizar el máximo de libertad individual, la libertad económica, la confianza en el mercado y la descentralización en la toma de decisiones. Tiene sus raíces intelectuales en pensadores como John Locke, Adam Smith y John Stuart Mill. Enfatiza la importancia de los derechos de propiedad y ve el papel del gobierno como el facilitador de la sociedad civil. De esta forma, cuando en este libro se discuta el liberalismo fuera de Estados Unidos, ya sea en la ex Unión Soviética, en América Latina o en cualquier otra parte, significa menos gobierno, no más.(*)


Reconectando el Pasado y el Futuro

La reafirmación de este liberalismo tradicional representa un renacimiento -en realidad, una reconexión con una tradición- ya que éste tuvo su apogeo a fines del siglo XX. En realidad, el mundo de vísperas del siglo XXI se parece al mundo de fines del siglo XIX - un mundo de crecientes oportunidades económicas y constante disminución de las barreras a los viajes y el comercio. Entonces, como ahora, nuevas tecnologías ayudaron a impulsar el cambio. Dos innovaciones del siglo XIX rompieron los límites de los ritmos naturales de los vientos y las mareas que , desde el principio de la civilización, habían definido el comercio. En la primera mitad del siglo XIX, el motor de vapor hizo posible que los ferrocarriles y los barcos ofrecieran un transporte más seguro, más rápido y más fácil de bienes y personas que ningún otro método conocido hasta entonces. En 1819, el barco americano Savannah cruzó el Atlántico usando un motor de vapor para apoyar sus velas. Para mediados del siglo XIX, el vapor estaba empezando a sustituir completamente el poder del viento. Cuando se tendió el primer cable telegráfico a través del Atlántico en 1865, tras tres intentos fallidos, se conectaron los mercados. La difusión de estas tecnologías impulsó una dramática expansión del comercio mundial. Por otra parte, suministró nuevas posibilidades al capital de inversión privado. Los fondos europeos se vertieron en las construcción de ferrocarriles en Norte y Sur América, en Africa y Asia, que conectaban las minas y plantaciones con los puertos. El dinero británico financió una parte tan importante del desarrollo ferrocarrilero de Estados Unidos y el país se convirtió en el campeón de los mercados emergentes del siglo XIX. A fines del siglo XIX y principios del siglo XX, la economía mundial experimentó una era de paz y crecimiento que, tras la carnicería de la I Guerra Mundial, fue recordada como una edad de Oro.


Pruebas Críticas

¿Qué impulsó el regreso hacia el liberalismo tradicional en todo el mundo? La adopción del estado como agente modernizador se convirtió en desilusión con la propiedad estatal y la intervención, debido a los costos inesperadamente grandes y a las consecuencias. La carga financiera sobrepasaba la capacidad administrativa de los gobiernos: las deudas y los déficits se habían hecho demasiado altos. La inflación se había vuelto crónica. En la medida en que iba creciendo el abismo entre las intenciones y los resultados, la confianza se convirtió en cinismo. La implosión del sistema soviético –la estrella polar de la planificación central- desacreditó a los estatismos de todo tipo, mientras que el ascenso y prosperidad de las economías del sudeste asiático apuntaban hacia un equilibrio diferente entre el estado y el mercado y subrayaba las virtudes de la participación en la economía global.

¿Durará este aparente triunfo del mercado? ¿O volverá a crecer el papel del gobierno? Creemos que la respuesta depende de cómo se desenvuelvan las respuestas a varias interrogantes fundamentales. ¿Garantizarán los mercados crecimiento económico, empleo y mejores niveles de vida? Y ¿cómo redefinirán el estado del bienestar social? ¿Serán los resultados justos y equitativos? ¿Qué le sucederá a la identidad nacional en la nueva economía intrnacional? ¿Estarán seguros los pueblos de que el medio ambiente está suficientemente protegido? ¿Cómo afrontarán las economías de mercado el costo de la demografía, el ascenso de los jóvenes en los países en desarrollo y la creciente proporción de viejos en los países industriales? Esas cuestiones, y los temas que representan, será parte de la páginas que siguen.

¿Cómo prosigue la trama de nuestra narrativa? Los primeros tres capítulos explican cómo los gobiernos tomaron control de las palancas de mando en Europa, Estados Unidos y el mundo en desarrollo, alcanzando lo que en los años 70 parecía una posición invencible. El capítulo 4 describe el primer gran contraataque, la revolución Thacherita de los años 80 en Gran Bretaña. El capítulo 5 explica las fuerzas que llevaron a "cambiar de opinión" al mundo en los años 80 y 90 sobre el corecto balance entre el gobierno y el mercado. Los capítulos del 6 al 8 se concentran en Asia, la dinámica de los países del sudeste asiático y las fuerzas que los transformaron después del "milagro," los veinte años del giro del comunismo al capitalismo en China, y los esfuerzos por desmantelar el "Permit Raj" de la India y reorientar esa nación hacia la economía mundial. El doloroso tránsito de América Latina de la dependencia a la terapia de choque es el tema del capítulo 9. El capítulo 10 explica cómo Rusia y Europa emprendieron el camino del mercado, y el abrupto recorrido desde entonces. La lucha de Europa por crear un mercado único y por reducir sus gobiernos –y por afrontar la grave situación del estado del bienestar social- es el tema del capítulo 11. El capítulo 12 estudia a los Estados Unidos en el marco del cambio global, explorando el impacto de la austeridad fiscal sobre un gobierno expansivo y las direcciones contrarias seguidas en cuanto a la regulación económica y los valores sociales. Y, finalmente el capítulo 13 especula sobre el futuro. ¿Cuáles son los problemas económicos, políticos y sociales esenciales que se van a confrontar en las diferentes partes del mundo? ¿Habrá algún retroceso del mercado o los cambios ocurridos son fundamentales y permanentes? ¿Y quién va a controlar los puestos de mando en el próximo siglo, el gobierno o el mercado?

Esta es, pues, nuestra historia. Una narrativa sobre los individuos, las ideas, los conflictos y los virajes que han cambiado el rumbo de las economías y el destino de las naciones en los últimos cincuenta años. La magnitud de la misma impone su propia disciplina. Se pudieran escribir una multitud de volúmenes sobre los Estados Unidos o sobre cualquiera de las otras regiones o países. En vez de eso, aquí los presentamos como parte de algo mayor: la turbulenta batalla sobre las palancas de mando, lo que está en juego, sus consecuencias y las perspectivas del próximo siglo.

Pero empecemos con una conferencia de paz cuya principal preocupación era, realmente, las fronteras políticas tradicionales. El año era 1945. El lugar, Berlín.

[...]

La teoría de la dependencia

El tradicional enfoque estatista en América Latina estuvo muy influido por lo que se conoce como la teoría de la dependencia. Esta racionalizaba el control del estado – altas barreras proteccionistas, una economía cerrada y un menosprecio general por el papel del mercado. Y desde fines de los años 40 hasta los años 80, disfrutó un dominio absoluto. Sus orígenes están en el final ee los años 20 y durante los años 30 y la Gran Depresión cuando el colapso de los precios de las materias primas devastó las economías latinoamericanas orientadas a la exportación. Al mismo tiempo, en consonancia con la época, la “seguridad nacional” se convirtió en una justificación para que los gobiernos se hicieran cargo de los “sectores estratégicos” de la economía con el presunto objetivo de satisfacer las necesidades del país y no las de los inversionistas extranjeros. Esto condujo a la formación de empresas petroleras estatales en un número de países. En Occidente, después de la II Guerra Mundial, el cambio hacia un mayor control estatal se vio impulsado tanto por el desarrollo del estado del bienestar social y el intervencionismo keynesiasno como por el prestigio del marxismo y de la Unión Soviética. Otro factor que también motivó a los economistas latinoamericanos y a sus gobiernos fue el anti-americanismo, la antipatía hacia las grandes empresas norteamericanas que se percibían como explotadoras en América Latina.

Los teóricos de la dependencia rechazaban los beneficios del comercio mundial. A fines de los años 40, los elementos esenciales de su concepción eran expuestos y promovidos por Comisión Económica Para América Latina (CEPAL) de Naciones Unidas y, muy especialmente, por el economista argentino Raúl Prebisch, que dirigió la comisión de 1948 a 1962. Prebisch empezó su carrera como “un firme creyente en las teorías neo-clásicas”. Pero, según dijo, “la primera gran crisis del capitalismo” – la Gran Depresión – me hizo plantearme serias dudas en relación con esas ideas”. Prebisch y sus colegas de la CEPAL propusieron una versión internacional de la inevitabilidad de la lucha de clases. Alegaron que la economía mundial estaba dividida entre el “centro” industrial – Estados Unidos y Europa Occidental – y la “periferia” productora de materias primas. Los términos de intercambio siempre trabajarían en contra de la periferia, lo que significaba que el centro explotaría constantemente a la periferia. Los ricos se harían más ricos y los pobres más pobres. Según esta concepción (1), el comercio internacional no era una forma de elevar el nivel de vida sino más bien una forma de robo y explotación que las naciones industriales y sus corporaciones multinacionales perpetraban sobre los pueblos en vías de desarrollo. Estas ideas se convirtieron en artículos de fe en las universidades latinoamericanas.

¿Qué hacer? La periferia debía de romper ese ciclo siniestro y tomar su propio camino. En vez de exportar materias primas e importar productos manufacturados, estos países debían de desplazarse lo más rápidamente posible hacia lo que llamó la industrialización de “substitución de importaciones’’ (ISI). Esto se podría lograr rompiendo los vínculos con el comercio mundial mediante altas tarifas y otras formas de proteccionismo. La lógica de la infancia de una industria se convirtió en la lógica de toda la industria. Las monedas fueron sobrevaloradas, lo que abarataba las importaciones de los equipos necesarios para la industrialización. Todas las demás importaciones fueron severamente racionadas mediante permisos y licencias. Las monedas sobrevaloradas también desalentaban las exportaciones agrícolas y de otras materias primas al aumentar sus precios y destruir su competitividad. Los precios nacionales eran controlados y manipulados, y los subsidios se multiplicaron. Muchas industrias y actividades fueron nacionalizadas. Una verdadera jungla de controles y regulaciones proliferó por toda la economía. La forma de hacer dinero era aprender a navegar por el laberinto burocrático y no servir al mercado. En general, lo que guiaba la economía eran las decisiones políticas y burocráticas, y no las señales y el feedback del mercado.

Hasta los años 70, este enfoque pareció funcionar. El ingreso real per cápita casi se duplicó entre 1950 y 1970. En el mismo período, el papel del estado siguió ampliándose asi como las empresas estatales. Se subieron las tarifas y otras barreras al comercio. La crítica más popular de la época era que los gobiernos no estaban haciendo lo suficiente, y que se debían de acercar al modelo de una economía centralmente planificada como la de la Unión Soviética y la Europa del este. La profunda debilidad del sistema permanecía fundamentalmente oculta – hasta principios de los años 80.


La década perdida

La crisis de la deuda golpeó muy duro a América Latina. Los préstamos habían sido enormes. Entre 1975 y 1982, la deuda externa de América Latina casi se cuadruplicó, pasando de $45,200 millones a $176,400 millones. Si se suman los préstamos a corto plazo y los créditos del Fondo Monetario Internacional, en 1982 la deuda era de $333,000 millones. Y, sin embargo, nadie le prestaba mucha atención hasta agosto de 1982, cuando México se vio al borde de la mora. Lo que siguió fue una doble bancarrota – financiera e intelectual. Las ideas que habían conformado el sistema económico de América Latina habían fracasado y los países latinoamericanos ya no podían financiarse. La dependencia los había llevado a la bancarrota. Los años que vinieron, en los que América Latina luchaba por reconformar su economía, fueron calificados como “la década perdida”. Y con razón. En 1990, el ingreso per cápita era menor que en 1980.

Con el pasar de los años, se tuvo que reconocer la enorme debilidad intrínseca del viejo sistema. Las empresas industriales – tanto privadas como estatales - que había alentado eran ineficientes debido al proteccionismo, la falta de competencia y el aislamiento de la innovación tecnológica. En su mayor parte, no priorizaba la calidad ni la cantidad del servicio. La agricultura sufrió mucho. Los déficits presupuestarios crecieron enormemente. Con una inflación generalizada y muy difícil de desarraigar, los ahorros familiares fueron arrasados. Por consiguiente, la gente no se podía retirar. La inflación creció niveles increíbles, empujada por los déficits y por una política monetaria relajada. Las economías nacionales perdieron los beneficios del comercio internacional y, como es lógico, no hubo ninguna mejora en la desigualdad social.


(*) ¿Cómo pudo alterarse tanto el significado de esta palabra en Estados Unidos? Durante la I Guerra Mundial, algunos de los principales escritores progresitas comenzaron a usar la palabra liberalismo como sustituto de progresismo, que había quedado maltrecha por su asociación con su héroe, Teodoro Roosevelt, que se había postulado y había perdido en la boleta de un tercer partido, el Progresista. A los liberales tradicionales no les gustó el ver transformado el sentido del nombre. En los años 20, The New York Times criticaba "la expropiación de la tradicional palabra "liberal" y pedía que "la escuela Radical-Roja de pensamiento… devuelva la palabra "liberal" a sus dueños originales". A principio de los años 30, Herbert Hoover y Franklin Roosevelt discutieron quién era el verdadero liberal. Roosevelt ganó, adoptando el término para esquivar las acusaciones de izquierdista. Podía afirmar que el liberalismo era "simple inglés para un cambio de concepto sobre los deberes y responsabilidades del gobierno con la vida económica". Y, desde el New Deal, liberalismo en Estados Unidos ha quedado identificado con la expansión del papel del gobierno en la economía.

Sunday, September 28, 2008

Muerte y resurección de Hayek

Nota del editor: Este artículo de Mario Vargas Llosa salió publicado en la curiosa fecha del 5 de abril de 1992 en el diario El País (Madrid). En el mismo, MVLL explica que sus tres principales fuentes liberales son, primero Popper, seguido de Hayek y Berlin, para luego hacer una interesantísima semblanza de Friedrich August von Hayek, enfatizando el hecho de que recibió el más importante tributo al final de su vida con los hechos económicos y políticos sucedidos a finales del siglo XX. No coincido con MVLL en que Hayek linda en el anarquismo por su excesiva - según él - predilección por el mercado, comentario que ha hecho en otro momento. Pienso que MVLL confunde a Hayek con anarquistas capitalistas como Murray Rothbard o Hans-Hermann Hoppe.

Si tuviera que nombrar los tres pensadores modernos a los que debo más, no vacilaría un segundo: Popper, Hayek e Isaías Berlin. A los tres comencé a leerlos, hace 20 años, cuando salía de las ilusiones y sofismas del socialismo y buscaba, entre las filosofías de la libertad, las que habían desmenuzado mejor las falacias constructivistas (fórmula de Hayek) y las que proponían ideas más radicales para lograr, en democracia, aquello que el colectivismo y el estatismo habían prometido sin conseguirlo nunca: un sistema capaz de congeniar esos valores contradictorios que son la igualdad y la libertad, la justicia y la prosperidad. Entre esos pensadores, ninguno fue tan lejos ni tan a fondo como Frederich von Hayek, el viejo maestro nacido en Viena, nacionalizado británico, profesor en la London School of Economics, en Chicago y en Friburgo —en verdad, ciudadano universal—, que acaba de morir, en sus luminosos 92 años, y a quien el destino deparó acaso la mayor recompensa a que puede aspirar un intelectual: ver cómo la historia contemporánea confirmaba buena parte de sus teorías y hacía añicos las de sus adversarios.

De estas tesis, la más conocida, y hoy tan comprobada que ha pasado a ser poco menos que una banalidad, es la que expuso en su pequeño panfleto de 1944, The road to serfdom (Camino hacia la servidumbre): que la planificación centralizada de la economía mina de manera inevitable los cimientos de la democracia y hace del fascismo y del comunismo dos expresiones de un mismo fenómeno, el totalitarismo, cuyos virus contaminan a todo régimen, aun el de apariencia más libre, que pretenda controlar el funcionamiento del mercado.

La famosa polémica de Hayek con Keynes no fue nunca tal cosa, sino el alegato solitario, y transitoriamente inútil, de un hombre con convicciones contra la cultura de su época. Las teorías intervencionistas del brillante Keynes, según el cual el Estado podía y debía regular el crecimiento económico, supliendo las carencias y corrigiendo los excesos del laissez-faire, eran ya un axioma incontrovertible de socialistas, socialdemócratas, conservadores y aun supuestos liberales del viejo y nuevo mundo, cuando Hayek lanzó aquel formidable llamado de atención al gran público, que resumía lo que venía sosteniendo en sus trabajos académicos y técnicos desde que, en los años treinta, junto a Ludwig von Mises, inició la reivindicación y actualización del liberalismo clásico de Adam Smith. Aunque The road to serfdom alcanzó cierto éxito, sus ideas sólo tuvieron eco en grupos marginales del mundo académico y político, y, por ejemplo, el país en el que fue escrito el libro, Gran Bretaña, inició en esos años su marcha hacia el populismo laborista y el Estado-benefactor, es decir, hacia la inflación y la decadencia que sólo vendría a interrumpir el formidable (pero, por desgracia trunco) sobresalto libertario de Margaret Thatcher. Como Von Mises, como Popper, Hayek no puede ser encasillado dentro de una especialidad, en su caso la economía, porque sus ideas son tan renovadoras en el campo económico como en los de la filosofía, el derecho, la sociología, la política, la historia y la ética. En todos ellos hizo gala de una originalidad y un radicalismo que no tiene parangón dentro de los pensadores modernos. Y, siempre, manteniendo el semblante de un escrupuloso respeto de la tradición clásica liberal y de las formas rigurosas de la investigación académica. Pero sus trabajos están impregnados de fiebre polémica, irreverencia contra lo establecido, creatividad intelectual y, a menudo, de propuestas explosivas, como la de privatizar y librar al mercado la fabricación del dinero de las naciones.

Su obra magna es, tal vez, Constitution of liberty (La constitución de la libertad), de 1960, a la que vendrían a enriquecer los tres densos volúmenes de Derecho, Legislación y Libertad en la década de los setenta. En estos libros está explicado, con una lucidez conceptual que se apoya en un enciclopédico conocimiento de la práctica, de lo vivido en el curso de la civilización, lo que es el mercado, ese sistema casi infinito de relación entre los seres que conforman una sociedad, y de las sociedades entre sí, para comunicarse recíprocamente sus necesidades y aspiraciones, para satisfacerlas y materializarlas, para organizar la producción y los recursos en función de aquéllas, y los inmensos beneficios en todos los órdenes que trajo al ser humano aquel sistema que nadie inventó, que fue naciendo y perfeccionándose a resultas del azar y, sobre todo, de la irrupción de ese accidente en la historia humana que es la libertad.

Sólo para los ignorantes y para sus enemigos, empeñados en caricaturizar la verdad a fin de mejor refutarla, es el mercado un sistema de libres intercambios. La obra entera de Hayek es un prodigioso esfuerzo científico e intelectual para demostrar que la libertad de comerciar y de producir no sirve de nada —como lo están comprobando esos recién venidos a la filosofía de Hayek que son los países ex socialistas de Europa central y de la ex Unión Soviética y las repúblicas mercantilistas de América Latina— sin un orden legal estricto que garantice la propiedad privada, el respeto de los contratos y un poder judicial honesto, capaz y totalmente independiente del poder político. Sin estos requisitos básicos, la economía de mercado es una pura farsa, es decir, una retórica tras de la cual continúan las exacciones y corruptelas de una minoría privilegiada a expensas de la mayoría de la sociedad.

Quienes, por ingenuidad o mala fe, esgrimen hoy las dificultades que atraviesan Rusia, Venezuela y otros países que inician (y, a menudo, mal) el tránsito hacia el mercado, como prueba del fracaso del liberalismo, deberían leer a Hayek. Así sabrían que el liberalismo no consiste en soltar los precios y abrir las fronteras a la competencia internacional, sino en la reforma integral de un país, en su privatización y descentralización a todos los niveles y en la transferencia a la sociedad civil, a la iniciativa de los individuos, soberanos de todas las decisiones económicas. Y en la existencia de un consenso respecto a unas reglas de juego que privilegien siempre al consumidor sobre el productor, al productor sobre el burócrata, al individuo frente al Estado y al hombre vivo y concreto de aquí y de ahora sobre esta abstracción: la humanidad futura. El gran enemigo de la libertad es el constructivismo, aquella fatídica pretensión (así se titula el último libro de Hayek, Fatal conceit, de 1989) de querer organizar, desde un centro cualquiera de poder, la vida de la comunidad, sustituyendo las formas espontáneas, las instituciones surgidas sin premeditación ni control, por estructuras artificiales y encaminadas a objetivos como racionalizar la producción, redistribuir la riqueza, imponer el igualitarismo o uniformar al todo social en una ideología, cultura o religión. La crítica feroz de Hayek al constructivismo no se detiene en el colectivismo de los marxistas ni en el Estado-benefactor de socialistas y socialdemócratas, ni en lo que el socialcristianismo llama el principio de la supletoridad, ni en esa forma degenerada del capitalismo que es el mercantilismo, es decir, las alianzas mafiosas del poder político y empresarios influyentes para, prostituyendo el mercado, repartirse dádivas, monopolios y prebendas.

No se detiene en nada, en verdad. Ni siquiera en el sistema del que ha sido, acaso, el más pugnaz valedor de nuestro tiempo: la democracia. A la que, en sus últimos años, el indomable Hayek se dedicó a autopsiar de manera muy crítica, describiendo sus deficiencias y deformaciones, una de las cuales es el mercantilismo y, otra, la dictadura de las mayorías sobre las minorías, tema que lo hizo proclamar que temía por el futuro de la libertad en el mundo en los precisos momentos en que se celebraba, con la caída de los regímenes comunistas, lo que a otros parecía la apoteosis del sistema democrático en el planeta. Para contrarrestar aquel monopolio del poder que las mayorías ejercen en las sociedades abiertas y garantizar la participación de las minorías en el Gobierno y en la toma de decisiones, Hayek imaginó un complicado sistema —que no vacilo en llamar utopía— llamado la demarquía, en el que una Asamblea legislativa, elegida por 15 años, entre ciudadanos mayores de 45 años y por hombres y mujeres de esa misma edad, se encargaría de velar por los derechos fundamentales, en tanto que un Parlamento, semejante a los existentes en los países democráticos, estaría dedicado a los asuntos corrientes y a los temas de actualidad.

La única vez que conversé con Hayek alcancé a decirle que, leyéndolo, había tenido a ratos la impresión de que algunas de sus teorías (no la demarquía) materializaban aquel ambicionado fuego fatuo: el rescate, por el liberalismo, del ideal anarquista de un mundo sin coerción, de pura espontaneidad, con un mínimo de autoridad y un máximo de libertad, enteramente construido alrededor del individuo. Me miró con benevolencia e hizo una cita burlona de Bakunin, por quien, naturalmente, no podía tener la menor simpatía.

Y, sin embargo, en algo se parecen el desmelenado príncipe decimonónico de vida aventurera que quería romper todas las cadenas que frenan o ciegan los impulsos creativos del hombre, y el metódico y erudito profesor de mansa vida que, poco antes de morir, afirmaba en una entrevista: “Todo liberal debe ser un agitador”. En la fe desmedida que ambos profesaron siempre a esa hija de azar y la imaginación que es la libertad —la más preciosa criatura que el Occidente haya aportado al mundo— para dar soluciones a todos los problemas y catapultar la aventura humana siempre a nuevas y riesgosas hazañas.

Friday, May 04, 2007

Confesiones de un liberal

Nota del editor: Mario Vargas Llosa pronunció este discurso en Washington, D.C., el 2 de marzo de 2005, al recibir el premio Irving Kristol, que otorga anualmente el Instituto American Enterprise a las personalidades que contribuyen a defender la democracia en el mundo. Vargas Llosa aquí hace una apasionada defensa de la libertad, al tiempo que explica su credo político. Para desazón de muchos, posiblemente, MVLL pone los puntos sobre las "íes" respecto a las distancias entre el liberalismo y el anarquismo capitalista. Es bueno ubicar las coordenadas para pensar en ponerse la camiseta y no pasar por liberal cuando, en realidad, no se es.

Estoy especialmente reconocido a quienes me han otorgado este premio porque, según sus considerandos, se me confiere no sólo por mi obra literaria sino también por mis ideas y tomas de posición política. Eso es, créanme ustedes, toda una novedad. En el mundo en el que yo me muevo más, América Latina y España, lo usual es que, cuando alguien o alguna institución elogia mis novelas o mis ensayos literarios, se apresure inmediatamente a añadir "pese a que discrepe de", "aunque no siempre coincida con", o "esto no significa que acepte las cosas que él (yo) critica o defiende en el ámbito político". Acostumbrado a esta partenogénesis de mí, me siento, ahora, feliz, reintegrado a la totalidad de mi persona, gracias al Premio Irving Kristol que, en vez de practicar conmigo aquella esquizofrenia, me identifica como un solo ser, el hombre que escribe y el que piensa y en el que, me gustaría creer, ambas cosas son una sola e irrompible realidad.

Pero, ahora, para ser honesto con ustedes y responder de algún modo a la generosidad de la American Enterprise Institute y al Premio Irving Kristol, siento la obligación de explicar mi posición política con cierto detalle. No es nada fácil. Me temo que no baste afirmar que soy —sería más prudente decir "creo que soy"— un liberal. La primera complicación surge con esta palabra. Como ustedes saben muy bien, "liberal" quiere decir cosas diferentes y antagónicas, según quién la dice y dónde se dice. Por ejemplo, mi añorada abuelita Carmen decía que un señor era un liberal cuando se trataba de un caballero de costumbres disolutas que, además de no ir a misa, hablaba mal de los curas. Para ella, la encarnación prototípica del "liberal" era un legendario antepasado mío que, un buen día, en mi ciudad natal, Arequipa, dijo a su mujer que iba a comprar un periódico a la Plaza de Armas y no regresó más a su casa. La familia sólo volvió a saber de él treinta años más tarde, cuando el caballero prófugo murió en París. "¿Y a qué se fugó a París ese tío liberal, abuelita?" "A qué iba a ser, hijito. ¡A corromperse!" No sería extraño que aquella historia fuera el origen remoto de mi liberalismo y mi pasión por la cultura francesa.

Aquí, en Estados Unidos, y en general en el mundo anglosajón, la palabra liberal tiene resonancias de izquierda y se identifica a veces con socialista y radical. En América Latina y en España, donde la palabra liberal nació en el siglo XIX para designar a los rebeldes que luchaban contra las tropas de ocupación napeolónicas, en cambio, a mí me dicen liberal —o, lo que es más grave, neoliberal— para exorcizarme o descalificarme, porque la perversión política de nuestra semántica ha mutado el significado originario del vocablo —amante de la libertad, persona que se alza contra la opresión— reemplazándolo por la de conservador y reaccionario, es decir, algo que en boca de un progresista quiere decir cómplice de toda la explotación y las injusticias de que son víctimas los pobres del mundo.

Ahora bien, para complicar más las cosas, ni siquiera entre los propios liberales hay un acuerdo riguroso sobre lo que entendemos por aquello que decimos y queremos ser. Todos quienes han tenido ocasión de asistir a una conferencia o congreso de liberales saben que estas reuniones suelen ser muy divertidas, porque en ellas las discrepancias prevalecen sobre las coincidencias y porque, como ocurría con los trotskistas cuando todavía existían, cada liberal es, en sí mismo, potencialmente, una herejía y una secta.

Como el liberalismo no es una ideología, es decir, una religión laica y dogmática, sino una doctrina abierta que evoluciona y se pliega a la realidad en vez de tratar de forzar a la realidad a plegarse a ella, hay, entre los liberales, tendencias diversas y discrepancias profundas. Respecto a la religión, por ejemplo, o a los matrimonios gay, o al aborto, y así, los liberales que, como yo, somos agnósticos, partidarios de separar a la iglesia del Estado, y defendemos la descriminalización del aborto y el matrimonio homosexual, somos a veces criticados con dureza por otros liberales, que piensan en estos asuntos lo contrario que nosotros. Estas discrepancias son sanas y provechosas, porque no violentan los presupuestos básicos del liberalismo, que son la democracia política, la economía de mercado y la defensa del individuo frente al Estado.

Hay liberales, por ejemplo, que creen que la economía es el ámbito donde se resuelven todos los problemas y que el mercado libre es la panacea que soluciona desde la pobreza hasta el desempleo, la marginalidad y la exclusión social. Esos liberales, verdaderos logaritmos vivientes, han hecho a veces más daño a la causa de la libertad que los propios marxistas, los primeros propagadores de esa absurda tesis según la cual la economía es el motor de la historia de las naciones y el fundamento de la civilización. No es verdad. Lo que diferencia a la civilización de la barbarie son las ideas, la cultura, antes que la economía y ésta, por sí sola, sin el sustento de aquélla, puede producir sobre el papel óptimos resultados, pero no da sentido a la vida de las gentes, ni les ofrece razones para resistir la adversidad y sentirse solidarios y compasivos, ni las hace vivir en un entorno impregnado de humanidad. Es la cultura, un cuerpo de ideas, creencias y costumbres compartidas —entre las que, desde luego, puede incluirse la religión— la que da calor y vivifica la democracia y la que permite que la economía de mercado, con su carácter competitivo y su fría matemática de premios para el éxito y castigos para el fracaso, no degenere en una darwiniana batalla en la que —la frase es de Isaiah Berlin— "los lobos se coman a todos los corderos". El mercado libre es el mejor mecanismo que existe para producir riqueza y, bien complementado con otras instituciones y usos de la cultura democrática, dispara el progreso material de una nación a los vertiginosos adelantos que sabemos. Pero es, también, un mecanismo implacable, que sin esa dimensión espiritual e intelectual que representa la cultura, puede reducir la vida a una feroz y egoísta lucha en la que sólo sobrevivirían los más fuertes.

Pues bien, el liberal que yo trato de ser, cree que la libertad es el valor supremo, ya que gracias a la libertad la humanidad ha podido progresar desde la caverna primitiva hasta el viaje a las estrellas y la revolución informática, desde las formas de asociación colectivista y despótica, hasta la democracia representativa. Los fundamentos de la libertad son la propiedad privada y el Estado de Derecho, el sistema que garantiza las menores formas de injusticia, que produce mayor progreso material y cultural, que más ataja la violencia y el que respeta más los derechos humanos. Para esa concepción del liberalismo, la libertad es una sola y la libertad política y la libertad económica son inseparables, como el anverso y el reverso de una medalla. Por no haberlo entendido así, han fracasado tantas veces los intentos democráticos en América Latina. Porque las democracias que comenzaban a alborear luego de las dictaduras, respetaban la libertad política pero rechazaban la libertad económica, lo que, inevitablemente, producía más pobreza, ineficiencia y corrupción, o porque se instalaban gobiernos autoritarios, convencidos de que sólo un régimen de mano dura y represora podía garantizar el funcionamiento del mercado libre. Ésta es una peligrosa falacia. Nunca ha sido así y por eso todas las dictaduras latinoamericanas "desarrollistas" fracasaron, porque no hay economía libre que funcione sin un sistema judicial independiente y eficiente, ni reformas que tengan éxito si se emprenden sin la fiscalización y la crítica que sólo la democracia permite. Quienes creían que el general Pinochet era la excepción a la regla, porque su régimen obtuvo algunos éxitos económicos, descubren ahora, con las revelaciones sobre sus asesinados y torturados, cuentas secretas y sus millones de dólares en el extranjero, que el dictador chileno era, igual que todos sus congéneres latinoamericanos, un asesino y un ladrón.

Democracia política y mercados libres son dos fundamentos capitales de una postura liberal. Pero, formuladas así, estas dos expresiones tienen algo de abstracto y algebraico, que las deshumaniza y aleja de la experiencia de las gentes comunes y corrientes. El liberalismo es más, mucho más que eso. Básicamente, es tolerancia y respeto a los demás, y, principalmente, a quien piensa distinto de nosotros, practica otras costumbres y adora otro dios o es un incrédulo. Aceptar esa coexistencia con el que es distinto ha sido el paso más extraordinario dado por los seres humanos en el camino de la civilización, una actitud o disposición que precedió a la democracia y la hizo posible, y contribuyó más que ningún descubrimiento científico o sistema filosófico a atenuar la violencia y el instinto de dominio y de muerte en las relaciones humanas. Y lo que despertó esa desconfianza natural hacia el poder, hacia todos los poderes, que es en los liberales algo así como nuestra segunda naturaleza.

No se puede prescindir del poder, claro está, salvo en las hermosas utopías de los anarquistas. Pero sí se puede frenarlo y contrapesarlo para que no se exceda, usurpe funciones que no le competen y arrolle al individuo, ese personaje al que los liberales consideramos la piedra miliar de la sociedad y cuyos derechos deben ser respetados y garantizados porque, si ellos se ven vulnerados, inevitablemente se desencadena una serie multiplicada y creciente de abusos que, como las ondas concéntricas, arrasan con la idea misma de la justicia social.

La defensa del individuo es conse cuencia natural de considerar a la libertad el valor individual y social por excelencia. Pues la libertad se mide en el seno de una sociedad por el margen de autonomía de que dispone el ciudadano para organizar su vida y realizar sus expectativas sin interferencias injustas, es decir, por aquella "libertad negativa" como la llamó Isaiah Berlin en un célebre ensayo. El colectivismo, inevitable en los primeros tiempos de la historia, cuando el individuo era sólo una parte de la tribu, que dependía del todo social para sobrevivir, fue declinando a medida que el progreso material e intelectual permitían al hombre dominar la naturaleza, vencer el miedo al trueno, a la fiera, a lo desconocido, y al otro, al que tenía otro color de piel, otra lengua y otras costumbres. Pero el colectivismo ha sobrevivido a lo largo de la historia, en esas doctrinas e ideologías que pretenden convertir la pertenencia de un individuo a una determinada colectividad en el valor supremo, la raza, por ejemplo, la clase social, la religión, o la nación. Todas esas doctrinas colectivistas —el nazismo, el fascismo, los integrismos religiosos, el comunismo—, son por eso los enemigos naturales de la libertad, y los más enconados adversarios de los liberales. En cada época, esa tara atávica, el colectivismo, asoma su horrible cara y amenaza con destruir la civilización y retrocedernos a la barbarie. Ayer se llamó fascismo y comunismo, hoy se llama nacionalismo y fundamentalismo religioso.

Un gran pensador liberal, Ludwig von Mises, fue siempre opuesto a la existencia de partidos liberales, porque, a su juicio, estas formaciones políticas, al pretender monopolizar el liberalismo, lo desnaturalizaban, encasillándolo en los moldes estrechos de las luchas partidarias por llegar al poder. Según él, la filosofía liberal debe ser, más bien, una cultura general, compartida por todas las corrientes y movimientos políticos que coexisten en una sociedad abierta y sostienen la democracia, un pensamiento que irrigue por igual a socialcristianos, radicales, socialdemócratas, conservadores y socialistas democráticos. Hay mucho de verdad en esta teoría. Y así, en nuestro tiempo hemos visto el caso de gobiernos conservadores, como los de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y José María Aznar, que impulsaron reformas profundamente liberales, en tanto que, en nuestros días, corresponde más bien a dirigentes nominalmente socialistas, como Tony Blair en el Reino Unido y Ricardo Lagos, en Chile, llevar a cabo unas políticas económicas y sociales que sólo se pueden calificar de liberales.

Aunque la palabra "liberal" sigue siendo todavía una mala palabra de la que todo latinoamericano políticamente correcto tiene la obligación de abominar, lo cierto es que, de un tiempo a esta parte, ideas y actitudes básicamente liberales han comenzado también a contaminar tanto a la derecha como a la izquierda en el continente de las ilusiones perdidas. No otra es la razón de que, en estos últimos años, pese a las crisis económicas, a la corrupción, al fracaso de tantos gobiernos para satisfacer las expectativas puestas en ellos, las democracias que tenemos en América Latina no se hayan desplomado ni sido reemplazadas por dictaduras militares. Desde luego, todavía está allí, en Cuba, ese fósil autoritario, Fidel Castro, quien ha conseguido ya, en los 46 años que lleva esclavizando a su país, ser el dictador más longevo de la historia de América Latina. Y la desdichada Venezuela padece ahora a un impresentable aspirante a ser un Fidel castro con minúsculas, el comandante Hugo Chávez. Pero ésas son dos excepciones en un continente en el que, vale la pena subrayarlo, nunca en el pasado hubo tantos gobiernos civiles, nacidos de elecciones más o menos libres, como ahora. Y hay casos interesantes y alentadores, como el de Lula, en el Brasil, quien, antes de ser elegido Presidente, predicaba una doctrina populista, el nacionalismo económico y la hostilidad tradicional de la izquierda hacia el mercado, y es, ahora, un practicante de la disciplina fiscal, un promotor de las inversiones extranjeras, de la empresa privada y de la globalización, aunque se equivoca al oponerse al ALCA, Área de Libre Comercio de las Américas (Free Trade Area of the Americas). En Argentina, aunque con una retórica más encendida y llena a veces de bravatas, el Presidente Kirchner está siguiendo sus pasos, afortunadamente, aunque a veces parezca hacerlo a regañadientes y dé algún tropezón. Y, asimismo, hay indicios de que el gobierno que asumirá el poder próximamente en Uruguay, presidido por el doctor Tabaré Vázquez, se dispone, en política económica, a seguir el ejemplo de Lula en vez de la vieja receta estatista y centralista que tantos estragos ha causado en nuestro continente. Incluso, esa izquierda no ha querido dar marcha atrás en la privatización de las pensiones —que han llevado a cabo hasta el momento once países latinoamericanos—, en tanto que la izquierda de Estados Unidos, más atrasada, se opone a privatizar aquí el Social Security. Son síntomas positivos de una cierta modernización de una izquierda que, sin reconocerlo, va admitiendo que el camino del progreso económico y de la justicia social, pasa por la democracia y por el mercado, como hemos sostenido los liberales siempre, predicando en el vacío durante tanto tiempo. Si en los hechos, la izquierda latinoamericana comienza a hacer en la práctica una política liberal, aunque la disfrace con una retórica que la niega, en buena hora: es un paso adelante y significa que hay esperanzas de que América Latina deje por fin, atrás, el lastre del subdesarrollo y de las dictaduras. Es un progreso, como lo es la aparición de una derecha civilizada que ya no piense que la solución de los problemas está en tocar las puertas de los cuarteles, sino en aceptar el sufragio, las instituciones democráticas y hacerlas funcionar.

Otro síntoma positivo, en el panorama tan cargado de sombras de la América Latina de nuestros días, es el hecho de que el viejo sentimiento antinorteamericano que alentaba en el continente, ha disminuido considerablemente. La verdad es que el antinorteamericanismo es hoy día más fuerte en países como España y Francia, que en México o en el Perú. De hecho, la guerra en Iraq, por ejemplo, ha movilizado en Europa a vastos sectores de casi todo el espectro político, cuyo único denominador común parecía ser, no el amor por la paz, sino el rencor o el odio hacia los Estados Unidos. En América Latina, esa movilización ha sido marginal y prácticamente confinada a los sectores más irreductibles de la ultra izquierda. El cambio de actitud hacia Estados Unidos obedece a dos razones, una pragmática y otra principista. Los latinoamericanos que no han perdido el sentido común entienden que, por razones geográficas, económicas y políticas, una relación de intercambios comerciales fluida y robusta con los Estados Unidos es indispensable para nuestro desarrollo. Y, del otro lado, el hecho de que, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, la política exterior norteamericana, en vez de apoyar a las dictaduras, mantenga ahora una línea constante de sostén a las democracias y de rechazo a los intentos autoritarios, ha contribuido mucho a reducir la desconfianza y hostilidad de los sectores democráticos de América Latina hacia el poderoso vecino del Norte. Este acercamiento y colaboración son indispensables, en efecto, para que América Latina pueda quemar etapas en su lucha contra la pobreza y el atraso.

El liberal que les habla se ha visto con frecuencia en los últimos años enfrascado en polémicas, defendiendo una imagen real de los Estados Unidos que la pasión y los prejuicios políticos deforman a veces hasta la caricatura. El problema que tenemos quienes intentamos combatir estos estereotipos es que ningún país produce tantos materiales artísticos e intelectuales antiestadounidenses como el propio Estados Unidos —el país natal, no lo olvidemos de Michael Moore, Oliver Stone y Noam Chomsky—, al extremo de que a veces uno se pregunta si el antinorteamericanismo no será uno de esos astutos productos de exportación, manufacturados por la CIA, de que el imperialismo se vale para tener ideológicamente manipuladas a las muchedumbres tercermundistas. Antes, el antiamericanismo era popular sobre todo en América Latina, pero ahora ocurre más en ciertos países europeos, sobre todo aquellos que se aferran a un pasado que se fue, y se resisten a aceptar la globalización y la interdependencia de las naciones en un mundo en el que las fronteras, antes sólidas e inexpugnables, se van volviendo porosas y desvaneciendo poco a poco. Desde luego, no todo lo que ocurre en Estados Unidos me gusta, ni muchos menos. Por ejemplo, lamento que todavía haya muchos estados donde se aplique esa aberración que es la pena de muerte y un buen número de cosas más, como que, en la lucha contra las drogas, se privilegie la represión sobre la persuasión, pese a las lecciones de la llamada Ley Seca (The Prohibition). Pero, hechas las sumas y las restas, creo que, entre las democracias del mundo, la de Estados Unidos es la más abierta y funcional, la que tiene mayor capacidad autocrítica, y la que, por eso mismo, se renueva y actualiza más rápido en función de los desafíos y necesidades de la cambiante circunstancia histórica. Es una democracia en la que yo admiro sobre todo aquello que el profesor Samuel Huntington teme: esa formidable mezcolanza de razas, culturas, tradiciones, costumbres, que aquí consiguen convivir sin entrematarse, gracias a esa igualdad ante la ley y a la flexibilidad del sistema para dar cabida en su seno a la diversidad, dentro del denominador común del respeto a la ley y a los otros.

La presencia, en Estados Unidos, de unos cuarenta millones de ciudadanos de origen latinoamericano, desde mi punto de vista, no atenta contra la cohesión social ni la integridad de la nación; más bien, la refuerza añadiéndole una corriente cultural y vital de gran empuje, donde la familia es sagrada, que, con su voluntad de superación, su capacidad de trabajo y deseo de triunfar, esta sociedad abierta aprovechará exitosamente. Sin renunciar a sus orígenes, esta comunidad se va integrando con lealtad y con amor a su nueva patria y va forjando un vínculo creciente entre las dos Américas. Esto es algo de lo que puedo testimoniar casi en primera persona. Mis padres, cuando ya habían dejado de ser jóvenes, fueron dos de esos millones de latinoamericanos que, buscando las oportunidades que no les ofrecía su país, emigraron a los Estados Unidos. Durante cerca de veinticinco años vivieron en Los Ángeles, ganándose la vida con sus manos, algo que no habían tenido que hacer nunca en el Perú. Mi madre trabajó muchos años como obrera, en una fábrica textil llena de mexicanos y centroamericanos, entre los que hizo excelentes amigos. Cuando mi padre falleció, yo creí que ella volvería al Perú, como yo se lo pedía. Pero, por el contrario, decidió quedarse aquí, viviendo sola e incluso pidió y obtuvo la nacionalidad estadounidense, algo que mi padre nunca quiso hacer. Más tarde, cuando ya los achaques de la vejez la hicieron retornar a su tierra natal, siempre recordó con orgullo y gratitud a Estados Unidos, su segunda patria. Para ella nunca hubo incompatibilidad alguna, ni el menor conflicto de lealtades, entre sentirse peruana y norteamericana.

Quizás este recuerdo sea algo más que una evocación filial. Quizás podamos ver en este ejemplo un anticipo del futuro. Soñemos, como hacen los novelistas: un mundo desembarazado de fanáticos, terroristas, dictadores; un mundo de culturas, razas, credos y tradiciones diferentes, coexistiendo en paz gracias a la cultura de la libertad, en el que las fronteras hayan dejado de serlo y se hayan vuelto puentes, que los hombres y mujeres puedan cruzar y descruzar en pos de sus anhelos y sin más obstáculos que su soberana voluntad.

Entonces, casi no será necesario hablar de libertad porque ésta será el aire que respiremos y porque todos seremos verdaderamente libres. El ideal de Ludwig von Mises, una cultura planetaria signada por el respeto a la ley y a los derechos humanos, se habrá hecho realidad.

Friday, December 29, 2006

La nueva doctrina liberal de fines de siglo

Nota del editor: Este ensayo pertenece a Paloma de la Nuez y contiene una muy buena síntesis de la evolución y reposicionamiento del liberalismo despues de la caida de la hegemonia del pensamiento keynesiano.


Muy pocos se atreverían hoy a negar que tanto en el terreno de la teoría como en el de la práctica política el renacimiento de la doctrina liberal en gran parte de Europa y América es un hecho palpable. El cambio de rumbo que supuso el abandono de una política favorable al intervencionismo del Estado en la vida económica y social por otra que prefiere depositar su confianza en las capacidades del individuo y en la llamada sociedad civil se produjo en torno a los años setenta con la crisis del petróleo que puso de manifiesto las debilidades estructurales de los llamados Estados de Bienestar. Así, la década de los ochenta fue considerada la del "revival" del liberalismo tras largos años de ostracismo.

El estrepitoso fracaso de las economías basadas en la planificación central -que, por otra parte ya habían pronosticado alguno de los más conspicuos pensadores liberales de principios del siglo y que supuso, en definitiva, el fin del comunismo en Europa- se entendió como la prueba irrefutable de que las ideas económicas liberales que durante muchos años habían tratado de demostrar la superioridad del orden económico del mercado, habían ganado la batalla. Y no sólo por la mayor eficacia y prosperidad que generaba este tipo de orden económico sino sobre todo porque para poder funcionar debía apoyarse en la libertad individual que precisamente bajo los regímenes comunistas había brillado por su ausencia. Hasta tal punto la caída del Muro de Berlín vino a ratificar esa tesis que algunos hablaron de que se había llegado al fin de la historia: ya no había ninguna duda: la democracia y el mercado habían triunfado (1).

Una de las manifestaciones de este cambio de mentalidad fue la concesión de los últimos Premios Nobel de economía a economistas de claro talante liberal como Friedrich A. Hayek, Milton Friedman, J. Buchanan, Gary Becker, o R. Coase por citar algunos. De este modo se otorgaba un reconocimiento relevante a las ideas liberales que desde el triunfo de la ortodoxia Keynesiana a partir de la segunda guerra mundial habían sido condenadas por obsoletas y propias del siglo XIX.

De modo que la crisis de Welfare State, junto con este giro en el campo de las ideas, dio lugar a que el debate político se centrara fundamentalmente en torno a la cuestión del papel que el Estado debería jugar en las sociedades democráticas de final de siglo. Si desde la última postguerra mundial, tanto la izquierda como la derecha habían asumido la tesis de que en aras de una mayor justicia social el poder público debía -hasta cierto punto- regular el mercado y redistribuir la renta, ahora los liberales se preguntaban si esas buenas intenciones no habían provocado nuevos y graves problemas. Y tal y como ha señalado el sociólogo A. Guiddens, en este debate los liberales han pasado a representar el papel de radicales, o incluso revolucionarios, mientras que a los socialistas les ha quedado el papel conservador que defiende el status quo y se resiste al cambio (2).

Lo cierto es que esta polémica ha favorecido la difusión de la doctrina liberal y, de hecho, la filosofía política contemporánea -sobre todo en los EEUU- ha recuperado un enfoque liberal, o uno muy próximo a él, que ha vuelto al estudio de los grandes temas de la reflexión política y entre ellos, claro está, el de la libertad, la justicia y la igualdad. Por eso filósofos políticos de la talla de J. Rawls -aunque desde una óptica europea más cercano a una socialdemocracia moderada o un liberalismo social- parten de la base de un conjunto de sólidos principios liberales como el individualismo, la libertad y el Estado de Derecho, y otros autores de moda como R. Dworkin defienden un "liberalismo ético" que junto con ideas igualitarias apoya otras típicamente liberales.

Otras escuelas de los EEUU, como la de Chicago, la del Análisis Económico de Gary Becker, la de Virginia con J. Buchanan a la cabeza, los teóricos del Estado mínimo con Nozick, o los llamados anarcocapitalistas, o los nuevos discípulos de la Escuela Austríaca de Economía, han contribuido asimismo a esta nueva perspectiva en el estudio de los problemas políticos de las sociedades modernas y al estudio de las relaciones entre mercado, justicia, libertad e igualdad.

Y en Europa, el recientemente fallecido historiador de las ideas, I. Berlin, también desde una perspectiva liberal, dedicó su obra a tratar de demostrar la imposibilidad de construir sociedades en las que todos los valores últimos (como, por ejemplo, la igualdad o la libertad) fuesen compatibles entre sí, de modo que sugería aceptar con humildad la existencia de la pluralidad y el conflicto de valores que debería conducir al rechazo de la utopía (3). Y K. Popper -según algunos entre la socialdemocracia y el liberalismo- no se cansó de recordar la necesidad de la humildad intelectual de la que precisamente carecieron los planificadores y los ingenieros sociales tan numerosos en el siglo XX.

En definitiva, la reflexión liberal en este fin de siglo se encuentra en un buen momento, y hasta tal punto se ha convertido en protagonista que el debate ya no se produce tanto entre el liberalismo y el socialismo -que busca ahora un nuevo camino y una redefinición de sus postulados que algunos han bautizado ya como "tercera vía" (una denominación que no se sabe muy bien a qué se refiere y que en el último término supone también el reconocimiento de la validez de muchos postulados liberales)- sino entre el liberalismo y otras concepciones más conservadoras que temerosas de la neutralidad ética del Estado liberal quieren devolverle a la moral y a la tradición de la comunidad un papel central en la configuración de la identidad de los sujetos; se trata del nuevo desafío conservador de los comunitaristas.

Pues bien, este debate ha llegado también a España donde en el siglo XIX se acuñó el término "liberal" que luego se adoptó en el resto de Europa, aunque es ya un lugar común afirmar que en la península el liberalismo, débil, medroso y minoritario ha sido un fracaso; quizás por la debilidad de la Ilustración o la ausencia de una auténtica revolución burguesa. El caso es que en España la tradición liberal ha estado representada por pocos, aunque a menudo prestigiosos, políticos e intelectuales. Por eso es llamativo que en los últimos años haya aumentado el interés en España por las ideas que tan pocos habían osado defender en su suelo.
Algunos, como el ya fallecido economista Lucas Beltrán, se esforzaron por dar a conocer en la Universidad las ideas de algunos economistas liberales que bajo la dictadura de Franco no eran precisamente muy bien vistos, como fueron, por ejemplo, los defensores del llamado Ordoliberalismo de la escuela de Friburgo cuyas ideas mucho tuvieron que ver con el llamado "Milagro alemán". Beltrán, interesado también en destacar las conexiones entre la ética liberal y el cristianismo (asunto que hoy también se ha convertido en una de las más recientes preocupaciones liberales), reunió en torno a sí una serie de discípulos que en el futuro continuarían sus enseñanzas.

La difusión de las obras de los grandes teóricos liberales -antes muy poco conocidas y sumamente difíciles de encontrar- ha mejorado también substancialmente gracias, sobre todo, a la labor de algunas editoriales que se han decidido a publicar o reeditar muchas de estas obras. Así, por ejemplo, desde la últimas aportaciones en el campo de la filosofía política liberal a los textos clásicos de Adam Smith como La riqueza de las naciones o la Teoría de los sentimientos morales, o Sobre la libertad de Stuart Mill. Y, desde luego, en los manuales de teoría política escritos por profesores españoles se encuentra muy a menudo un capítulo dedicado al neoliberalismo en particular o al pensamiento contemporáneo en general (4).

Algo ha cambiado también en el ámbito académico. Aunque aun de forma minoritaria, no faltan profesores e investigadores que trabajan sobre algunas de las intuiciones mas interesantes de la Escuela del Análisis Económico aplicado al Derecho, por ejemplo, o sobre las de la Escuela de Virginia o las de la Escuela Austríaca de Economía, y los estudiantes pueden matricularse en aquellos cursos en los que se estudia la teoría económica o la doctrina liberal clásica y contemporánea. Si hace tan sólo unos años era casi inconcebible pensar en celebrar algún seminario dedicado a estas ideas, hoy se organizan seminarios, conferencias, cursos universitarios, presentaciones de libros, etc., de los que los medios de comunicación se hacen eco (5). Es decir, independientemente de que se esté o no de acuerdo con las premisas de la doctrina liberal contemporánea, lo que ya no se puede hacer es ignorar su existencia.

En lo que actividad política se refiere hace ya tiempo que los partidos conservadores europeos (señaladamente el partido conservador español) han respaldado políticas económicas liberales, aunque a veces combinadas con actitudes morales y sociales más conservadoras; en todo caso parecen haber abandonado esa confianza tradicional que tenían en el Estado. La marcha atrás de la presencia del Estado en muchos campos que antes eran monopolio estatal -las privatizaciones de empresas públicas están, por ejemplo, a la orden del día- manifiesta que la teoría económica liberal que cree que así se abarata y mejora la calidad del servicio que se presta al ciudadano ha calado hondo. Por eso, hasta los políticos socialdemócratas como el líder inglés T. Blair apenas discuten en su programa de la tercera vía la superioridad del mercado.

Probablemente lo que se ha producido en Europa, y por lo tanto también en España, es la reacción a un excesivo intervencionismo de un modelo de Estado -el llamado Estado Social- que intentó combinar la eficacia económica del mercado con una más justa distribución de la riqueza, pero que a la larga generó graves problemas económicos, como la inflación y un enorme déficit público, y sobre todo produjo unas consecuencias no económicas, pero no por ello menos preocupantes: una mentalidad civil acostumbrada a obtenerlo todo del Estado. Unos ciudadanos que consideran natural que sea el Estado el que resuelva todos sus problemas, que creen que deben exigirlo como un derecho legítimo y que abandonan en aras de la seguridad la tarea de labrarse su propio destino haciendo uso de su libertad y responsabilidad.
Por eso, quizás, se ha sentido la necesidad de recuperar una doctrina que precisamente se ha construido en torno al principio fundamental de la libertad personal; un conjunto de principios que parten del individuo para entender la vida social; una teoría que considera válido el principio kantiano de que ningún ser humano debe ser utilizado como medio para los fines de otro. Este individualismo liberal, que no debe confundirse con el egoísmo, significa que el individuo es un valor en sí mismo cuya intrínseca dignidad está por encima de cualquier otro principio social.

Muchos de los diferentes autores y escuelas a las que hemos hecho referencia y que en estos años están readaptando la filosofía liberal a los nuevos tiempos comparten esa convicción de que el individuo sólo puede vivir una vida auténticamente digna si es libre. Y será libre cuando nadie, ni otro individuo ni por supuesto el Estado, interfieran en su camino y en sus planes de vida; planes, que por otra parte, él solo debe decidir. Y como la libertad es una e indivisible, no se puede compartimentar. Es decir, para realizar los proyectos personales de vida se necesita poder tener derecho a los frutos del propio trabajo, como ya dijera el padre del liberalismo J. Locke, puesto que quien controla los medios acaba controlando los fines. De ahí que no se puede sostener, como recuerdan los teóricos de la Escuela Austríaca de Economía, que es posible seguir siendo libre aunque se recorten o se anulen por completo las libertades económicas como la realidad de los países comunistas en todas las latitudes ha corroborado.

Por lo tanto, como insisten los teóricos de la Escuela de Chicago, si queremos que florezca la libertad individual hay que admitir la necesidad de la economía libre del mercado. Un mercado que, evidentemente, ha de someterse a reglas, porque como recordaba F. A. Hayek tiene que haber normas de derecho que todos estén obligados a respetar. Si no fuera así no podríamos hablar de mercado, y desde luego ningún liberal ha defendido nunca un mercado sin reglas. Además, muchos de ellos han considerado también necesaria la actuación del Estado economía de acuerdo con el principio de competencia y subsidiariedad. El Estado debe evitar la coacción, el fraude, la violencia de unos sobre otros, y en ese sentido es una garantía de la libertad individual. Lo que no es óbice para que se defienda un Estado reducido a sus justos límites (límites que variarán de acuerdo con las diferentes perspectivas liberales). Un Estado pequeño pero fuerte y eficaz, pues ya se ha visto que cuanto más grande es el Estado más ineficaz resulta.

Precisamente los economistas de la Escuela de Virginia (también conocida como Escuela de la elección pública o Public Choice) que solo oían hablar de los fallos del mercado, han dirigido sus investigaciones hacia los fallos del Estado en las democracias de tipo social propias de nuestra época. Y llaman la atención sobre las deficiencias de un Estado intervencionista que extiende enormemente la Administración -ya que debe ocuparse cada vez de más asuntos- con lo cual, además de perder eficacia, se hace difícilmente controlable y más fácilmente corruptible en la medida en que no sólo se controla peor sino que los buscadores de rentas en lugar de moverse en el entorno del mercado que sería lo natural, lo hacen en el de la Administración, lo que a la larga es sumamente antidemocrático. Por otro lado, los ciudadanos, al comprobar como se extiende la ineficacia y la corrupción estatal, no temen ni engañar ni defraudar al Estado porque éste ha perdido su legitimidad (algo de lo que, por cierto, ya advirtió en el siglo XVIII el alemán Humboldt en su libro Los límites de la acción del Estado). Los numerosos casos de corrupción que han proliferado en tantos países democráticos en los últimos años no son ajenos a esa ausencia de control en los grandes Estados intervencionistas.

Este es sólo un ejemplo de cómo el análisis liberal se ha actualizado y renovado para entender la realidad de nuestra época. Pero siempre se vuelve al mismo principio liberal: hay que limitar el poder venga este de donde venga, aunque se trate de una democracia. Nadie, ni siquiera una mayoría legítimamente elegida, tiene derecho a abusar de su poder. Hay que recortar las actividades del Estado, no sólo porque en muchas ocasiones hace cosas que podrían hacer mejor los ciudadanos, sino porque el Estado es básicamente coacción y la coacción debe limitarse al máximo.

El liberalismo contemporáneo, que no es homogéneo y que engloba a diferentes autores y escuelas recuerda, en definitiva, que la civilización occidental ha progresado porque ha sido una civilización que ha confiado en la libertad. Una libertad cuyos efectos se reclaman para todos los pueblos.

El liberalismo, equivocadamente o no, cree que sus principios son aplicables universalmente. Existe una naturaleza humana común que explica que allí donde se aplican principios económicos liberales, por ejemplo, haya mayor prosperidad Y es que no se trata de que unos pueblos tengan mayor o menor capacidad para el esfuerzo, el trabajo, o la creación de riqueza. Ni siquiera se trata de un problema de recursos naturales -hay países en el mundo con grandes recursos y sumamente atrasados- se trata de un problema de instituciones políticas, de cómo está estructurado el poder. Las mismas gentes que viven en un país atrasado, en otro país, si se les permite vivir y trabajar en un clima de libertad, alcanzan altas cotas de prosperidad. No se puede, pues, ignorar la responsabilidad de los mandatarios políticos en la calidad de vida de sus súbditos. Como ya dijera Montesquieu en su gran obra Del espíritu de las leyes, no es por fertilidad que se cultiva bien sino por la libertad (6). Los últimos representantes de la citada Escuela Austríaca han insistido en las cualidades que un tipo de orden económico basado en la libertad y el mercado aprovecha y fomenta, y han estudiado cómo debe entenderse la función social de los empresarios, más como innovadores y creadores de riqueza y oportunidades que como explotadores sin escrúpulos.

Del mismo modo, esos principios liberales deben aplicarse en las relaciones internacionales. El liberalismo siempre ha sido cosmopolita y antinacionalista (el nacionalismo adscribe identidades en función de pretendidas características objetivas que niega de raíz la idea de identidad liberal y defiende un proteccionismo económico que favorece a algunos en detrimento de otros) y ha creído siempre que el mundo debe abrirse a todos, que deben bajarse las barreras y diluirse las fronteras. Como decía L. Von Mises el ideal sería que cada uno pudiera moverse con libertad y vivir allí donde se le antojase.

Un mundo donde la prosperidad del vecino no se viva como una amenaza sino, por el contrario, como una ventaja. Donde el comercio promueva costumbres apacibles que aborten cualquier intento de destruir la paz.

Pero los liberales no aspiran a la utopía. El escepticismo implícito en su doctrina les hace dudar de los intentos de construir mundos utópicos cuyas realizaciones han conducido siempre a un triste fracaso. Ya los primeros intentos de los socialistas utópicos fracasaron, pero Marx lo achacaba a que sus teorías no eran en absoluto científicas. Marx no es precisamente un ejemplo de esa humildad intelectual que pregonaron Hayek y Popper, sobre todo cuando están en juego vidas humanas. Las aspiraciones liberales son mucho mas modestas, no pretenden transformar la naturaleza humana ni realizar el paraíso en esta tierra, y seguramente por eso resulta mucho menos atractivo. No aspira a reorganizar toda la vida social de acuerdo con un plan supuestamente racional, ni a construir una sociedad en la que por fin todos los anhelos humanos queden satisfechos para siempre, sino como ha escrito Sir Karl Popper, a evitar en la medida de lo posible el sufrimiento y la injusticia. No tanto, en fin, buscar la realización de la felicidad tratando de transformar coactivamente la naturaleza humana, como contar con ella tal y como es y tratar de promover un tipo de instituciones e incentivos que favorezcan la responsabilidad individual, pues ya decían los clásicos que el hombre es un ser social que siente simpatía y benevolencia por sus congéneres y que aprende a ser libre ejerciendo la libertad.

La reflexión liberal del fin de siglo ha forzado a la izquierda a enfrentarse de nuevo con las cuestiones políticas relevantes y a buscar nuevas respuestas. Ha actualizado los principios liberales que fueron desbancados en los últimos años del siglo XIX por el avance del socialismo y aunque, quizás, vuelvan a serlo en el futuro, la investigación y los estudios de estos años han producido ya un conjunto de ideas que quedarán incorporados a la filosofía liberal del porvenir. El liberalismo, dicen sus defensores, es una doctrina abierta, siempre en movimiento, que debe ejercer la autocrítica y la tolerancia huyendo de todo dogmatismo. Eso es lo que la diferencia de la presunción de los ingenieros sociales y de los utopistas y lo que, para bien o para mal, significa (como escribe I. Berlín) que el liberalismo no sea un grito de guerra apasionado.

(1) Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre. Barcelona, Planeta, 1992.
(2) Anthony Guiddens, Más allá de la izquierda y la derecha. El futuro de las políticas radicales. Madrid, Cátedra, 1996.
(3) Isaiah Berlin, El sentido de la realidad. Madrid, Taurus, 1998.
(4)Alianza Editorial ha reeditado las obras citadas de A. Smith y J. Stuart Mill pero debemos también mencionar la labor de Unión Editorial que está publicando, además de muchos otros libros, las obras completas de L. Von Misses y F. A. Hayek. Asimismo la colección que en esta editorial dirige el profesor J. Huerta de Soto pretende facilitar al público las últimas aportaciones dentro del campo de la teoría económica y política liberal dentro y fuera de España.
(5) Así, por ejemplo, la presentación del último libro del economista Pedro Schwartz, Nuevos ensayos liberales. Madrid, Espasa, 1998, que corrió a cargo de Mario Vargas Llosa en la Residencia de Estudiantes de Madrid.
(6) Montesquieu, Del espíritu de las leyes, Libro XVIII, capítulo III. Madrid, Tecnos, 1985.

Tuesday, December 12, 2006

Hayek


Nota del editor: Aunque no pertenezco a los liberales a quienes les gusta autodenominarse huachafamente "austriacos", por alusión a la Escuela Austriaca de Economía (muchos de ellos sin entenderla siquiera), Hayek es uno de mis mayores referentes liberales y a quien considero en el selecto grupo de grande entre grandes de la ´ciencia económica. Me fascina su claridad en medio de la complejidad de su pensamiento. Y sobre todo, su actitud no fundamentalista, a veces tan escasa en muchos economistas y políticos. Aquí encontrarán una síntesis de su biografía y de su obra en la autoría de Peter Boettke.

Es probable que Friedrich A. Hayek, quien falleciera el 23 de marzo de 1992 a los 92 años, fuera el más prodigioso erudito del liberalismo clásico del siglo XX. Aunque su premio Nobel de 1974 fue en Economía, sus trabajos académicos se extienden mucho más allá de esta ciencia. Publicó 130 artículos y 25 libros que abarcan desde la economía técnica hasta la psicología teórica, desde la filosofía política hasta la antropología legal y desde la filosofía de la ciencia hasta la historia de las ideas. Hayek no era un simple aficionado, era un verdadero experto en cada uno de estos campos. Hizo importantes contribuciones a nuestra comprensión de, por lo menos, tres áreas diferentes: la intervención gubernamental, el cálculo económico bajo el socialismo y el desarrollo de la estructura social. Es improbable que volvamos a ver a un académico con tan amplio dominio de las ciencias humanas.

Hayek nació en Viena en una familia de intelectuales el 8 de mayo de 1899. Obtuvo doctorados de la Universidad de Viena (1921 y 1923). Durante los primeros años del siglo XX las teorías de Escuela Austriaca de Economía, iniciada por los "Principios de Economía" de Menger (1871), fueron gradualmente refinadas y redefinidas por Eugen von Böhm-Bawerk, por su cuñado Friedrich von Wieser y por Ludwig von Mises. Cuando Hayek se matriculó en la Universidad de Viena asistió a una de las clases de Mises, pero encontró las posiciones anti-socialistas de Mises demasiado tajantes para su gusto. Wieser era un socialista fabiano cuyo enfoque resultaba entonces más atractivo para Hayek, quien se convirtió en su discípulo. Irónicamente fue Mises, a través de su devastadora crítica del socialismo publicada en 1922, el que alejó a Hayek del socialismo fabiano.

La mejor manera de comprender la vasta contribución de Hayek a la economía y al liberalismo clásico es verla a la luz del programa para el estudio de la cooperación social establecido por Mises. Mises, el gran constructor de sistemas, le proporcionó a Hayek el programa de investigación. Hayek se convirtió en el gran analista. El trabajo de su vida se comprende mejor como un esfuerzo por hacer explícito lo que Mises había dejado implícito, por refinar lo que Mises había esbozado y por contestar los interrogantes que Mises había dejado sin respuesta. De Mises, Hayek dijo: "No hay ningún otro hombre al que le deba más intelectualmente". La conexión con Mises se hace más evidente en sus trabajos sobre los problemas del socialismo. Pero las perspectivas derivadas del análisis del socialismo penetran todo el cuerpo de su obra, desde el ciclo económico hasta el origen de la cooperación social.

Hayek y Mises no se conocieron cuando el primero asistía a la Universidad de Viena. Se lo presentaron después de haberse graduado a través de una carta de su profesor, Wieser. Fue entonces cuando comenzó la colaboración Hayek-Mises. Durante cinco años Hayek trabajó bajo la dirección de Mises en una oficina gubernamental. En 1927 se convirtió en el Director del Instituto para la Investigación del Ciclo Económico, que él y Mises habían organizado. El Instituto estaba dedicado al examen teórico y empírico de los ciclos económicos.

Elaborando sobre la "Teoría del Dinero y el Crédito" (1912) de Mises, Hayek refinó tanto la comprensión técnica de la coordinación del capital como los detalles institucionales de la política crediticia. Siguieron estudios seminales sobre teoría monetaria y el ciclo económico. El primer libro de Hayek, "Teoría Monetaria y el Ciclo Económico" (1929) analizó los efectos de la expansión crediticia en la estructura del capital de una economía.

La publicación de ese libro promovió una invitación de Lionel Robbins para que Hayek diera conferencias en la London School of Economics. Sus conferencias fueron publicadas en un segundo libro sobre "la teoría austriaca del ciclo económico", titulado "Precios y Producción" (1931), que fue citado por el Comité del premio Nobel en 1974.

Las conferencias que en 1930-1931 pronunciara Hayek en la London School se hicieron tan famosas que fue vuelto a llamar a la prestigiosa Universidad de Londres y nombrado Profesor Tooke de Ciencia Económica y Estadística. A los 32 años, Hayek había alcanzado el pináculo de la carrera de economista.

La teoría Mises-Hayek sobre el ciclo económico explicaba el "cúmulo de errores" que caracteriza al ciclo. La expansión del crédito, posibilitada por la caída artificial de las tasas de interés, guía engañosamente a los empresarios: son conducidos a involucrarse en proyectos empresariales que de otra forma no hubieran parecido rentables. La falsa señal generada por la expansión del crédito lleva a una mala coordinación de los planes de producción y consumo de los actores económicos. Esta descoordinación se manifiesta primero en un "boom" y posterior recesión en que el patrón temporal de la producción se ajusta al patrón real de los ahorros y el consumo de la economía.


Hayek versus Keynes

Poco después de su llegada a Londres, Hayek entró en una polémica con John Maynard Keynes. Keynes, un destacado miembro del servicio civil británico que estaba trabajando entonces para el Comité de Finanzas e Industria del gobierno, era considerado por la comunidad académica como un autor de importantes libros de economía. El debate Hayek-Keynes fue quizás el debate más fundamental sobre economía monetaria que se haya dado en el siglo XX. Comenzando con su ensayo "El Fin del Laissez Faire" (1926), Keynes presentó sus demandas de intervencionismo en el lenguaje de un liberalismo clásico pragmático. Fue así que Keynes fue aclamado como "el salvador del capitalismo", en vez de ser reconocido como lo que era: un abogado de la inflación y de la intervención gubernamental.

Hayek detectó el problema fundamental de que adolecían las concepciones económicas de Keynes: su incapacidad para comprender el papel que juegan las tasas de interés y la estructura del capital en una economía de mercado. Debido a su desafortunado hábito de utilizar agregados, categorías colectivas, Keynes no pudo abordar estos problemas adecuadamente en su "Un Tratado sobre el Dinero" (1930). Hayek señaló que los agregados keynesianos distraían a los economistas y no les dejaban examinar cómo la estructura industrial de la economía emergía de las opciones económicas de los individuos.

Keynes reaccionó con acritud a las críticas de Hayek. Primero respondió atacando "Precios y Producción" de Hayek. Luego alegó que ya no creía en lo que había escrito en "Un Tratado sobre el Dinero" y volvió su atención a la redacción de otro libro: "La Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero" (1936) que con el tiempo se convirtió en el libro más influyente sobre la política económica en el siglo XX.

Antes que tratar de criticar directamente lo que Keynes había presentado en su "Teoría General", Hayek volvió su considerable talento a refinar la teoría del capital. Estaba convencido de que el punto esencial que había que trasmitir a Keynes y al resto de los economistas en relación a la política monetaria radicaba en la teoría del capital. Presentó su tesis en "La Teoría Pura del Capital" (1941), el libro más técnico que escribiera. Y, pese a la razón que pudiera haber tenido, resultó la menos influyente de sus obras. Hacia fines de los años '30, el tipo de economía de Keynes estaba en pleno auge. A los ojos del público, Keynes había derrotado a Hayek. Este perdió relevancia como economista y entre los estudiantes.

Durante este tiempo, Hayek también estuvo implicado en otro gran debate de política económica: el debate sobre el cálculo económico en el socialismo, disparado por un artículo de Mises de 1920 donde afirmaba que el socialismo era técnicamente imposible puesto que no podría disponer de precios de mercado. Mises había refinado su argumento en "Socialismo: Un Análisis Económico y Sociológico", el libro cuya aparición, en 1922, había impresionado profundamente al joven Hayek. Hayek desarrolló el argumento de Mises en varios artículos durante los años '30. En 1935, reunió y editó una serie de ensayos sobre los problemas de la organización económica socialista en "La Planificación Económica Colectivista". Otros ensayos de Hayek sobre los problemas del socialismo y específicamente sobre el modelo de "socialismo de mercado", elaborado por Oskar Lange y Abba Lerner en un intento por refutar a Mises y Hayek, fueron reunidos posteriormente en "Individualismo y Orden Económico" (1948).

Nuevamente, los economistas y la comunidad intelectual en general no apreciaron las críticas de Hayek. ¿Acaso la ciencia moderna no le había dado al hombre la capacidad de controlar y diseñar la sociedad según las reglas morales de su elección? Se suponía que la sociedad planificada bajo el socialismo no sólo sería tan eficiente como el capitalismo (especialmente en vista del caos que supuestamente generaba el capitalismo con sus ciclos económicos y su poder monopólico), sino que, con su promesa de justicia social, se esperaba que también fuera más justa. Más aún, se consideraba la ola del futuro. Se decía que sólo un reaccionario podía querer resistir la marcha inevitable de la historia. No sólo parecía que Hayek estaba perdiendo la polémica económica con Keynes sobre las causas de los ciclos económicos sino que, teniendo en cuenta el ascenso mundial de la marea del socialismo, su perspectiva filosófica general era crecientemente considerada con una versión primitiva del liberalismo.


Camino de Servidumbre

Hayek, sin embargo, siguió refinando la argumentación a favor de una sociedad liberal. Los problemas del socialismo que había observado en la Alemania nazi y que veía comenzar en Gran Bretaña lo llevaron a escribir "Camino de Servidumbre" (1944). Este libro obliga a los defensores del socialismo a confrontar un problema adicional, más allá del puramente técnico-económico. Si el socialismo requiere la sustitución del mercado por un plan central, entonces, apuntó Hayek, habrá que establecer una institución que sea responsable por la formulación del plan. Hayek la llamó la Junta Central de Planificación. Para implementar el plan y para controlar el flujo de los recursos, la Junta tendría que ejercer amplios poderes discrecionales en los asuntos económicos. Con todo, la Junta Central de Planificación en una sociedad socialista no tendría los precios del mercado como guía. No tendría forma de saber cuáles posibilidades productivas son económicamente factibles. La ausencia de un sistema de precios, dijo Hayek, demostraría ser el talón de Aquiles del socialismo.

En "Camino de Servidumbre", Hayek alegó asimismo que había buenas razones para sospechar que los que ascendieran a la cumbre en un régimen socialista serían aquellos que tuvieran una ventaja comparativa en el ejercicio de poderes discrecionales y estuvieron dispuestos a tomar decisiones desagradables. Y sería inevitable que estos hombres poderosos dirigieran el sistema en su beneficio personal.

Por supuesto, Hayek tuvo razón tanto en el problema económico como en el político del socialismo. El siglo XX está lleno con la sangre de las víctimas inocentes de los experimentos socialistas. Stalin, Hitler, Mao, Pol Pot y muchos tiranos menores han cometido crímenes horribles contra la humanidad en nombre de alguna variante del socialismo. El totalitarismo no es un accidente histórico que sólo emerge debido a mala elección de dirigentes en un régimen socialista. Hayek muestra que el totalitarismo es el resultado lógico del ordenamiento institucional de la planificación socialista.

Tras la derrota en el foro público de su crítica a Keynes y la controversia que surgió sobre el cálculo económico en el socialismo, Hayek se alejó de los problemas técnicos de la economía y se concentró en la reformulación de los principios del liberalismo clásico. Hayek había señalado la necesidad de los precios de mercado como trasmisores de una información económica dispersa. Mostró que los intentos de reemplazar o controlar el mercado llevaban a un problema de conocimiento o información. Hayek también describió el problema totalitario asociado con la ubicación de poder discrecional en las manos de unos pocos. Esto lo llevó a examinar los prejuicios intelectuales que ciegan al hombre y le impiden ver los problemas de la planificación económica gubernamental.

Durante los años '40, Hayek publicó una serie de ensayos en periódicos profesionales examinando las tendencias filosóficas dominantes que habían prejuiciado a los intelectuales de una forma tal que no les permitían reconocer los problemas sistémicos que confrontarían los planificadores económicos. Estos ensayos fueron posteriormente recopilados y publicados como "La Contrarrevolución de la Ciencia" (1952). La "Contrarrevolución...", quizás el mejor libro de Hayek, suministra una detallada historia intelectual del "racionalismo constructivista" y del problema del "cientificismo" en las ciencias sociales. Es en este trabajo donde Hayek articula su versión del proyecto de la Ilustración Escocesa de David Hume y Adam Smith de utilizar la razón para enseñar modestia a la razón. La civilización moderna no estaba amenazada por brutales ignorantes empecinados en destruir el mundo, sino más bien por el abuso de la razón emprendido por el racionalismo constructivista en su intento por diseñar conscientemente el mundo moderno, que había encadenado a la humanidad.

En 1950 Hayek se trasladó a la Universidad de Chicago, donde enseñó hasta 1962 en el Comité de Pensamiento Social. Mientras estuvo allí, escribió "La Constitución de la Libertad" (1960). Este trabajo representa el primer tratado sistemático de Hayek sobre la política económica del liberalismo clásico. En 1962 Hayek se trasladó a Alemania, donde había obtenido una posición en la Universidad de Freiburg. Allí incrementó sus esfuerzos por analizar el ordenamiento "espontáneo" de la actividad económica y social. Hayek se dispuso a reconstruir la teoría social del liberalismo y suministrar una visión de la cooperación social entre hombres libres.

Con su estudio en tres volúmenes "Ley, Legislación y Libertad" (1973-1979) y "La Arrogancia Fatal" (1988), Hayek extendió su análisis de la sociedad al examen de la emergencia "espontánea" de las reglas legales y morales. Su teoría política y legal enfatizaba que el imperio de la ley era el fundamento necesario de la coexistencia pacífica. Contrastó la tradición del "common law" con la del derecho estatutario, por ejemplo, los decretos legislativos. Mostró cómo el "common law" emerge caso por caso, en la medida en que los jueces aplican a los casos particulares reglas generales que son en sí mismas producto de la evolución cultural. De esa forma explica que inserto en el "common law" hay un conocimiento conquistado a través de una larga historia de ensayos y errores. Esta perspectiva llevó a Hayek a la conclusión de que el derecho, como el mercado, era un orden "espontáneo": el producto de la acción humana, pero no del diseño de un ser humano.

El trabajo de Hayek sobre economía técnica, filosofía política y jurídica y metodología de las ciencias sociales ha atraído un gran interés entre los estudiosos de, por lo menos, las últimas dos generaciones. Y el interés en su obra está creciendo. Su vasta contribución a la economía y al liberalismo clásico vivirá en el programa de investigación progresivo que ha legado a futuras generaciones de estudiosos.

Friedrich Hayek vivió una vida larga y fructífera. Tuvo que soportar las consecuencias de haber alcanzado la fama a edad temprana para luego ver esa fama ridiculizada cuando keynesianos y socialistas conquistaron popularidad y el mundo intelectual y político se apartó de sus ideas. Afortunadamente, vivió lo suficiente como para ver reconocido nuevamente su enorme intelecto. Tanto los keynesianos como los socialistas fueron aplastantemente derrotados por los hechos y por la verdad de sus enseñanzas. El liberalismo clásico es nuevamente un vibrante cuerpo de pensamiento. La economía austriaca ha vuelto a emerger como una gran escuela de pensamiento económico, y jóvenes estudiosos del derecho, la historia, la economía, la política y la filosofía están prosiguiendo los temas hayekianos. Podremos lamentar la pérdida de este gran campeón del liberalismo pero, al mismo tiempo, podemos regocijarnos de que F. A. Hayek nos dejara una herencia tan brillante.

Un gran estudioso se define no tanto por las respuestas que provee sino por los interrogantes que formula. Sucesivas generaciones de académicos, intelectuales y actores políticos de todo el mundo estarán por mucho tiempo dedicados a las cuestiones que Hayek ha planteado.


Traducción de un artículo publicado originalmente en inglés en la revista "The Freeman" de agosto de 1992. Esta traducción es una versión corregida de la que se encuentra en el sitio web "Siglo XXI", del Comité Cubano Pro Derechos Humanos.

El artículo original en inglés está disponible en http://www.sigloxxi.org/biohay.htm

La traducción original al castellano se encuentra disponible en http://www.econ.nyu.edu/user/boettke/hayek.htm