Artículos y ensayos seleccionados por Eugenio D'Medina sobre el pensamiento liberal

Friday, December 29, 2006

La nueva doctrina liberal de fines de siglo

Nota del editor: Este ensayo pertenece a Paloma de la Nuez y contiene una muy buena síntesis de la evolución y reposicionamiento del liberalismo despues de la caida de la hegemonia del pensamiento keynesiano.


Muy pocos se atreverían hoy a negar que tanto en el terreno de la teoría como en el de la práctica política el renacimiento de la doctrina liberal en gran parte de Europa y América es un hecho palpable. El cambio de rumbo que supuso el abandono de una política favorable al intervencionismo del Estado en la vida económica y social por otra que prefiere depositar su confianza en las capacidades del individuo y en la llamada sociedad civil se produjo en torno a los años setenta con la crisis del petróleo que puso de manifiesto las debilidades estructurales de los llamados Estados de Bienestar. Así, la década de los ochenta fue considerada la del "revival" del liberalismo tras largos años de ostracismo.

El estrepitoso fracaso de las economías basadas en la planificación central -que, por otra parte ya habían pronosticado alguno de los más conspicuos pensadores liberales de principios del siglo y que supuso, en definitiva, el fin del comunismo en Europa- se entendió como la prueba irrefutable de que las ideas económicas liberales que durante muchos años habían tratado de demostrar la superioridad del orden económico del mercado, habían ganado la batalla. Y no sólo por la mayor eficacia y prosperidad que generaba este tipo de orden económico sino sobre todo porque para poder funcionar debía apoyarse en la libertad individual que precisamente bajo los regímenes comunistas había brillado por su ausencia. Hasta tal punto la caída del Muro de Berlín vino a ratificar esa tesis que algunos hablaron de que se había llegado al fin de la historia: ya no había ninguna duda: la democracia y el mercado habían triunfado (1).

Una de las manifestaciones de este cambio de mentalidad fue la concesión de los últimos Premios Nobel de economía a economistas de claro talante liberal como Friedrich A. Hayek, Milton Friedman, J. Buchanan, Gary Becker, o R. Coase por citar algunos. De este modo se otorgaba un reconocimiento relevante a las ideas liberales que desde el triunfo de la ortodoxia Keynesiana a partir de la segunda guerra mundial habían sido condenadas por obsoletas y propias del siglo XIX.

De modo que la crisis de Welfare State, junto con este giro en el campo de las ideas, dio lugar a que el debate político se centrara fundamentalmente en torno a la cuestión del papel que el Estado debería jugar en las sociedades democráticas de final de siglo. Si desde la última postguerra mundial, tanto la izquierda como la derecha habían asumido la tesis de que en aras de una mayor justicia social el poder público debía -hasta cierto punto- regular el mercado y redistribuir la renta, ahora los liberales se preguntaban si esas buenas intenciones no habían provocado nuevos y graves problemas. Y tal y como ha señalado el sociólogo A. Guiddens, en este debate los liberales han pasado a representar el papel de radicales, o incluso revolucionarios, mientras que a los socialistas les ha quedado el papel conservador que defiende el status quo y se resiste al cambio (2).

Lo cierto es que esta polémica ha favorecido la difusión de la doctrina liberal y, de hecho, la filosofía política contemporánea -sobre todo en los EEUU- ha recuperado un enfoque liberal, o uno muy próximo a él, que ha vuelto al estudio de los grandes temas de la reflexión política y entre ellos, claro está, el de la libertad, la justicia y la igualdad. Por eso filósofos políticos de la talla de J. Rawls -aunque desde una óptica europea más cercano a una socialdemocracia moderada o un liberalismo social- parten de la base de un conjunto de sólidos principios liberales como el individualismo, la libertad y el Estado de Derecho, y otros autores de moda como R. Dworkin defienden un "liberalismo ético" que junto con ideas igualitarias apoya otras típicamente liberales.

Otras escuelas de los EEUU, como la de Chicago, la del Análisis Económico de Gary Becker, la de Virginia con J. Buchanan a la cabeza, los teóricos del Estado mínimo con Nozick, o los llamados anarcocapitalistas, o los nuevos discípulos de la Escuela Austríaca de Economía, han contribuido asimismo a esta nueva perspectiva en el estudio de los problemas políticos de las sociedades modernas y al estudio de las relaciones entre mercado, justicia, libertad e igualdad.

Y en Europa, el recientemente fallecido historiador de las ideas, I. Berlin, también desde una perspectiva liberal, dedicó su obra a tratar de demostrar la imposibilidad de construir sociedades en las que todos los valores últimos (como, por ejemplo, la igualdad o la libertad) fuesen compatibles entre sí, de modo que sugería aceptar con humildad la existencia de la pluralidad y el conflicto de valores que debería conducir al rechazo de la utopía (3). Y K. Popper -según algunos entre la socialdemocracia y el liberalismo- no se cansó de recordar la necesidad de la humildad intelectual de la que precisamente carecieron los planificadores y los ingenieros sociales tan numerosos en el siglo XX.

En definitiva, la reflexión liberal en este fin de siglo se encuentra en un buen momento, y hasta tal punto se ha convertido en protagonista que el debate ya no se produce tanto entre el liberalismo y el socialismo -que busca ahora un nuevo camino y una redefinición de sus postulados que algunos han bautizado ya como "tercera vía" (una denominación que no se sabe muy bien a qué se refiere y que en el último término supone también el reconocimiento de la validez de muchos postulados liberales)- sino entre el liberalismo y otras concepciones más conservadoras que temerosas de la neutralidad ética del Estado liberal quieren devolverle a la moral y a la tradición de la comunidad un papel central en la configuración de la identidad de los sujetos; se trata del nuevo desafío conservador de los comunitaristas.

Pues bien, este debate ha llegado también a España donde en el siglo XIX se acuñó el término "liberal" que luego se adoptó en el resto de Europa, aunque es ya un lugar común afirmar que en la península el liberalismo, débil, medroso y minoritario ha sido un fracaso; quizás por la debilidad de la Ilustración o la ausencia de una auténtica revolución burguesa. El caso es que en España la tradición liberal ha estado representada por pocos, aunque a menudo prestigiosos, políticos e intelectuales. Por eso es llamativo que en los últimos años haya aumentado el interés en España por las ideas que tan pocos habían osado defender en su suelo.
Algunos, como el ya fallecido economista Lucas Beltrán, se esforzaron por dar a conocer en la Universidad las ideas de algunos economistas liberales que bajo la dictadura de Franco no eran precisamente muy bien vistos, como fueron, por ejemplo, los defensores del llamado Ordoliberalismo de la escuela de Friburgo cuyas ideas mucho tuvieron que ver con el llamado "Milagro alemán". Beltrán, interesado también en destacar las conexiones entre la ética liberal y el cristianismo (asunto que hoy también se ha convertido en una de las más recientes preocupaciones liberales), reunió en torno a sí una serie de discípulos que en el futuro continuarían sus enseñanzas.

La difusión de las obras de los grandes teóricos liberales -antes muy poco conocidas y sumamente difíciles de encontrar- ha mejorado también substancialmente gracias, sobre todo, a la labor de algunas editoriales que se han decidido a publicar o reeditar muchas de estas obras. Así, por ejemplo, desde la últimas aportaciones en el campo de la filosofía política liberal a los textos clásicos de Adam Smith como La riqueza de las naciones o la Teoría de los sentimientos morales, o Sobre la libertad de Stuart Mill. Y, desde luego, en los manuales de teoría política escritos por profesores españoles se encuentra muy a menudo un capítulo dedicado al neoliberalismo en particular o al pensamiento contemporáneo en general (4).

Algo ha cambiado también en el ámbito académico. Aunque aun de forma minoritaria, no faltan profesores e investigadores que trabajan sobre algunas de las intuiciones mas interesantes de la Escuela del Análisis Económico aplicado al Derecho, por ejemplo, o sobre las de la Escuela de Virginia o las de la Escuela Austríaca de Economía, y los estudiantes pueden matricularse en aquellos cursos en los que se estudia la teoría económica o la doctrina liberal clásica y contemporánea. Si hace tan sólo unos años era casi inconcebible pensar en celebrar algún seminario dedicado a estas ideas, hoy se organizan seminarios, conferencias, cursos universitarios, presentaciones de libros, etc., de los que los medios de comunicación se hacen eco (5). Es decir, independientemente de que se esté o no de acuerdo con las premisas de la doctrina liberal contemporánea, lo que ya no se puede hacer es ignorar su existencia.

En lo que actividad política se refiere hace ya tiempo que los partidos conservadores europeos (señaladamente el partido conservador español) han respaldado políticas económicas liberales, aunque a veces combinadas con actitudes morales y sociales más conservadoras; en todo caso parecen haber abandonado esa confianza tradicional que tenían en el Estado. La marcha atrás de la presencia del Estado en muchos campos que antes eran monopolio estatal -las privatizaciones de empresas públicas están, por ejemplo, a la orden del día- manifiesta que la teoría económica liberal que cree que así se abarata y mejora la calidad del servicio que se presta al ciudadano ha calado hondo. Por eso, hasta los políticos socialdemócratas como el líder inglés T. Blair apenas discuten en su programa de la tercera vía la superioridad del mercado.

Probablemente lo que se ha producido en Europa, y por lo tanto también en España, es la reacción a un excesivo intervencionismo de un modelo de Estado -el llamado Estado Social- que intentó combinar la eficacia económica del mercado con una más justa distribución de la riqueza, pero que a la larga generó graves problemas económicos, como la inflación y un enorme déficit público, y sobre todo produjo unas consecuencias no económicas, pero no por ello menos preocupantes: una mentalidad civil acostumbrada a obtenerlo todo del Estado. Unos ciudadanos que consideran natural que sea el Estado el que resuelva todos sus problemas, que creen que deben exigirlo como un derecho legítimo y que abandonan en aras de la seguridad la tarea de labrarse su propio destino haciendo uso de su libertad y responsabilidad.
Por eso, quizás, se ha sentido la necesidad de recuperar una doctrina que precisamente se ha construido en torno al principio fundamental de la libertad personal; un conjunto de principios que parten del individuo para entender la vida social; una teoría que considera válido el principio kantiano de que ningún ser humano debe ser utilizado como medio para los fines de otro. Este individualismo liberal, que no debe confundirse con el egoísmo, significa que el individuo es un valor en sí mismo cuya intrínseca dignidad está por encima de cualquier otro principio social.

Muchos de los diferentes autores y escuelas a las que hemos hecho referencia y que en estos años están readaptando la filosofía liberal a los nuevos tiempos comparten esa convicción de que el individuo sólo puede vivir una vida auténticamente digna si es libre. Y será libre cuando nadie, ni otro individuo ni por supuesto el Estado, interfieran en su camino y en sus planes de vida; planes, que por otra parte, él solo debe decidir. Y como la libertad es una e indivisible, no se puede compartimentar. Es decir, para realizar los proyectos personales de vida se necesita poder tener derecho a los frutos del propio trabajo, como ya dijera el padre del liberalismo J. Locke, puesto que quien controla los medios acaba controlando los fines. De ahí que no se puede sostener, como recuerdan los teóricos de la Escuela Austríaca de Economía, que es posible seguir siendo libre aunque se recorten o se anulen por completo las libertades económicas como la realidad de los países comunistas en todas las latitudes ha corroborado.

Por lo tanto, como insisten los teóricos de la Escuela de Chicago, si queremos que florezca la libertad individual hay que admitir la necesidad de la economía libre del mercado. Un mercado que, evidentemente, ha de someterse a reglas, porque como recordaba F. A. Hayek tiene que haber normas de derecho que todos estén obligados a respetar. Si no fuera así no podríamos hablar de mercado, y desde luego ningún liberal ha defendido nunca un mercado sin reglas. Además, muchos de ellos han considerado también necesaria la actuación del Estado economía de acuerdo con el principio de competencia y subsidiariedad. El Estado debe evitar la coacción, el fraude, la violencia de unos sobre otros, y en ese sentido es una garantía de la libertad individual. Lo que no es óbice para que se defienda un Estado reducido a sus justos límites (límites que variarán de acuerdo con las diferentes perspectivas liberales). Un Estado pequeño pero fuerte y eficaz, pues ya se ha visto que cuanto más grande es el Estado más ineficaz resulta.

Precisamente los economistas de la Escuela de Virginia (también conocida como Escuela de la elección pública o Public Choice) que solo oían hablar de los fallos del mercado, han dirigido sus investigaciones hacia los fallos del Estado en las democracias de tipo social propias de nuestra época. Y llaman la atención sobre las deficiencias de un Estado intervencionista que extiende enormemente la Administración -ya que debe ocuparse cada vez de más asuntos- con lo cual, además de perder eficacia, se hace difícilmente controlable y más fácilmente corruptible en la medida en que no sólo se controla peor sino que los buscadores de rentas en lugar de moverse en el entorno del mercado que sería lo natural, lo hacen en el de la Administración, lo que a la larga es sumamente antidemocrático. Por otro lado, los ciudadanos, al comprobar como se extiende la ineficacia y la corrupción estatal, no temen ni engañar ni defraudar al Estado porque éste ha perdido su legitimidad (algo de lo que, por cierto, ya advirtió en el siglo XVIII el alemán Humboldt en su libro Los límites de la acción del Estado). Los numerosos casos de corrupción que han proliferado en tantos países democráticos en los últimos años no son ajenos a esa ausencia de control en los grandes Estados intervencionistas.

Este es sólo un ejemplo de cómo el análisis liberal se ha actualizado y renovado para entender la realidad de nuestra época. Pero siempre se vuelve al mismo principio liberal: hay que limitar el poder venga este de donde venga, aunque se trate de una democracia. Nadie, ni siquiera una mayoría legítimamente elegida, tiene derecho a abusar de su poder. Hay que recortar las actividades del Estado, no sólo porque en muchas ocasiones hace cosas que podrían hacer mejor los ciudadanos, sino porque el Estado es básicamente coacción y la coacción debe limitarse al máximo.

El liberalismo contemporáneo, que no es homogéneo y que engloba a diferentes autores y escuelas recuerda, en definitiva, que la civilización occidental ha progresado porque ha sido una civilización que ha confiado en la libertad. Una libertad cuyos efectos se reclaman para todos los pueblos.

El liberalismo, equivocadamente o no, cree que sus principios son aplicables universalmente. Existe una naturaleza humana común que explica que allí donde se aplican principios económicos liberales, por ejemplo, haya mayor prosperidad Y es que no se trata de que unos pueblos tengan mayor o menor capacidad para el esfuerzo, el trabajo, o la creación de riqueza. Ni siquiera se trata de un problema de recursos naturales -hay países en el mundo con grandes recursos y sumamente atrasados- se trata de un problema de instituciones políticas, de cómo está estructurado el poder. Las mismas gentes que viven en un país atrasado, en otro país, si se les permite vivir y trabajar en un clima de libertad, alcanzan altas cotas de prosperidad. No se puede, pues, ignorar la responsabilidad de los mandatarios políticos en la calidad de vida de sus súbditos. Como ya dijera Montesquieu en su gran obra Del espíritu de las leyes, no es por fertilidad que se cultiva bien sino por la libertad (6). Los últimos representantes de la citada Escuela Austríaca han insistido en las cualidades que un tipo de orden económico basado en la libertad y el mercado aprovecha y fomenta, y han estudiado cómo debe entenderse la función social de los empresarios, más como innovadores y creadores de riqueza y oportunidades que como explotadores sin escrúpulos.

Del mismo modo, esos principios liberales deben aplicarse en las relaciones internacionales. El liberalismo siempre ha sido cosmopolita y antinacionalista (el nacionalismo adscribe identidades en función de pretendidas características objetivas que niega de raíz la idea de identidad liberal y defiende un proteccionismo económico que favorece a algunos en detrimento de otros) y ha creído siempre que el mundo debe abrirse a todos, que deben bajarse las barreras y diluirse las fronteras. Como decía L. Von Mises el ideal sería que cada uno pudiera moverse con libertad y vivir allí donde se le antojase.

Un mundo donde la prosperidad del vecino no se viva como una amenaza sino, por el contrario, como una ventaja. Donde el comercio promueva costumbres apacibles que aborten cualquier intento de destruir la paz.

Pero los liberales no aspiran a la utopía. El escepticismo implícito en su doctrina les hace dudar de los intentos de construir mundos utópicos cuyas realizaciones han conducido siempre a un triste fracaso. Ya los primeros intentos de los socialistas utópicos fracasaron, pero Marx lo achacaba a que sus teorías no eran en absoluto científicas. Marx no es precisamente un ejemplo de esa humildad intelectual que pregonaron Hayek y Popper, sobre todo cuando están en juego vidas humanas. Las aspiraciones liberales son mucho mas modestas, no pretenden transformar la naturaleza humana ni realizar el paraíso en esta tierra, y seguramente por eso resulta mucho menos atractivo. No aspira a reorganizar toda la vida social de acuerdo con un plan supuestamente racional, ni a construir una sociedad en la que por fin todos los anhelos humanos queden satisfechos para siempre, sino como ha escrito Sir Karl Popper, a evitar en la medida de lo posible el sufrimiento y la injusticia. No tanto, en fin, buscar la realización de la felicidad tratando de transformar coactivamente la naturaleza humana, como contar con ella tal y como es y tratar de promover un tipo de instituciones e incentivos que favorezcan la responsabilidad individual, pues ya decían los clásicos que el hombre es un ser social que siente simpatía y benevolencia por sus congéneres y que aprende a ser libre ejerciendo la libertad.

La reflexión liberal del fin de siglo ha forzado a la izquierda a enfrentarse de nuevo con las cuestiones políticas relevantes y a buscar nuevas respuestas. Ha actualizado los principios liberales que fueron desbancados en los últimos años del siglo XIX por el avance del socialismo y aunque, quizás, vuelvan a serlo en el futuro, la investigación y los estudios de estos años han producido ya un conjunto de ideas que quedarán incorporados a la filosofía liberal del porvenir. El liberalismo, dicen sus defensores, es una doctrina abierta, siempre en movimiento, que debe ejercer la autocrítica y la tolerancia huyendo de todo dogmatismo. Eso es lo que la diferencia de la presunción de los ingenieros sociales y de los utopistas y lo que, para bien o para mal, significa (como escribe I. Berlín) que el liberalismo no sea un grito de guerra apasionado.

(1) Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre. Barcelona, Planeta, 1992.
(2) Anthony Guiddens, Más allá de la izquierda y la derecha. El futuro de las políticas radicales. Madrid, Cátedra, 1996.
(3) Isaiah Berlin, El sentido de la realidad. Madrid, Taurus, 1998.
(4)Alianza Editorial ha reeditado las obras citadas de A. Smith y J. Stuart Mill pero debemos también mencionar la labor de Unión Editorial que está publicando, además de muchos otros libros, las obras completas de L. Von Misses y F. A. Hayek. Asimismo la colección que en esta editorial dirige el profesor J. Huerta de Soto pretende facilitar al público las últimas aportaciones dentro del campo de la teoría económica y política liberal dentro y fuera de España.
(5) Así, por ejemplo, la presentación del último libro del economista Pedro Schwartz, Nuevos ensayos liberales. Madrid, Espasa, 1998, que corrió a cargo de Mario Vargas Llosa en la Residencia de Estudiantes de Madrid.
(6) Montesquieu, Del espíritu de las leyes, Libro XVIII, capítulo III. Madrid, Tecnos, 1985.

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